El debate sobre el “extractivismo”en tiempos de resacaPublicado el 20 abril, 2016Por Horacio Machado AráozA la Memoria de Berta Cáceres“Desde su origen, el capital ha utilizado todos los recursos productivos del globo… tiene necesidad de disponer del mundo entero y de no encontrar límite ninguno en la elección de sus medios de producción”. (Rosa Luxemburgo, 1912).Hace poco más de un lustro ya, inmersos todavía en el clima refrescante de las expectativas emancipatorias abiertas por el “giro a la izquierda” en América Latina, asistíamos a la irrupción de las discusiones en torno a la matriz socio-productiva y las estrategias económico-políticas seguidas en la región como curso para salir y, eventualmente, superar el trágico estadío del neoliberalismo. Por entonces, los debates sobre el “extractivismo” corrieron como reguero de pólvora en las siempre agitadas tierras ideológico-políticas de la región (Gudynas, 2009; Acosta, 2011; Svampa, 2013; Lander, 2013). Para ser precisos, los revuelos causados por la materia, repercutieron con mayor fuerza en el hemisferio ideológico de actores y referentes (políticos, intelectuales y movimientos) de la izquierda. Pues como bien precisó en su momento Eduardo Gudynas (2009), no estábamos ante una problemática que pueda decirse “nueva”; más bien todo lo contrario. Lo ‘novedoso’ o lo extraño del caso residía en que eran ahora gobiernos y fuerzas políticas auto-identificadas como de izquierda los que asumían la defensa y el impulso de políticas centradas en la profundización de la vieja matriz primario-exportadora, aquella misma con la que nuestras sociedades fueran violentamente incorporadas al mundo del capital y su estructura de división internacional del trabajo.Esa matriz primario-exportadora, que fraguara como indeleble marca colonial de las economías latinoamericanas, y cuyas implicaciones externas (en términos de dependencia y “desarrollo del subdesarrollo”) e internas (configuración de élites oligárquicas autoritarias y rentísticas, estratificación social dualista y altamente desigual, etc.) fueran objeto de crítica y de análisis de lo mejor de la teoría social latinoamericana, era ahora reivindicada como una vía popular-emancipatoria por políticas (dichas) de izquierda.Como ya es harto sabido, las críticas y las resistencias a estas políticas, fueron sistemáticamente rechazadas y reprimidas, generando una escalada de violencia que, en este punto, llegó a equiparar las respuestas que se daban desde “derechas” e “izquierdas” en el poder.El argumento central de la izquierda oficialista era que estas posturas “le hacían el juego a la derecha” (Borón, 2013). Se reivindicaba el uso estatal de la renta extractivista como motor de las políticas de “desarrollo con inclusión social” y se veía en las críticas sólo intentos solapados o abiertos de desestabilización. Lamentablemente, para los gobiernos progresistas de la región –para los intelectuales y fuerzas políticas adherentes- el concepto de “extractivismo” acabó oficialmente devenido en “arma ideológica” del ambientalismo de derecha. El vicepresidente de Bolivia oficializó esta postura, señalando que “detrás del criticismo extractivista de reciente factura contra los gobiernos revolucionarios y progresistas, se halla pues la sombra de la restauración conservadora” (García Linera, 2012: 110).Los presidentes que más públicamente se mostraron en los ámbitos internacionales como “defensores de la Madre Tierra” y/o de los Derechos de la Naturaleza, fueron paradójicamente quienes más lejos llegaron en sus acusaban a los movimientos sociales que se intentaban frenar el “extractivismo”. Tempranamente, Rafael Correa planteó que “no crean a los ambientalistas románticos, pues todo el que se opone al desarrollo del país es un terrorista” (Cit. por Isch, 2014). En el mismo sentido, Evo Morales sentenció que “el ambientalismo es el nuevo colonialismo del siglo XXI” (Cit. por Stefanoni, 2012). El abanico de las descalificaciones iba desde los motes de infantilismo, romanticismo, pachamamismo, hasta las acusaciones de “eco-terroristas” y/o “agentes encubiertos del imperialismo”.Luego, reunidos en la XII Cumbre del Alba en Guayaquil, los gobiernos progresistas emitían una declaración en la que señalaban: “rechazamos la posición extremista de determinados grupos que, bajo la consigna del anti-extractivismo, se oponen sistemáticamente a la explotación de nuestros recursos naturales, exigiendo que esto se pueda hacer solamente sobre la base del consentimiento previo de las personas y comunidades que vivan cerca de esa fuente de riqueza. En la práctica, esto supondría la imposibilidad de aprovechar esta alternativa y, en última instancia, comprometería los éxitos alcanzados en materia social y económica” (XII Cumbre del ALBA, Declaración de Guayaquil, 30 de julio de 2013).Así, alegando los intereses de las clases oprimidas y la bandera de la lucha contra el imperialismo, los gobiernos progresistas terminaron justificando la senda del “extractivismo” como una condición necesaria para sostener los empleos, los salarios, las políticas sociales. Lamentablemente, ese razonamiento pasó por alto que sostener el empleo, los salarios, el consumo, etc., es sostener el crecimiento, las inversiones, las tasas de ganancia… En fin, el sistema mismo.El énfasis “anti-neoliberal” llevó a ocluir el fondo del problema. La prioridad de las políticas de “reactivación” condujo a soslayar los desafíos del cambio revolucionario. Como señaló Ruy Mauro Marini para ciclos anteriores, “se confundió crecimiento con transformación estructural” (Marini, 2013). Por desgracia para el curso presente y futuro de los procesos sociopolíticos, los tan ponderados “éxitos alcanzados en materia social y económica” no fueron comprometidos por la eficacia de las resistencias “anti-extractivistas”, sino, elementalmente, por el agotamiento del ciclo de alza de las commodities.Esto cambia drásticamente las condiciones del diálogo, pero no el fondo de la cuestión. Es que, cuando iniciamos estos debates, vivíamos inmersos aún en un clima signado por la borrachera del crecimiento. La oficialidad del poder hacía gala de mayorías aplastantes forjadas al ritmo de las cotizaciones de petróleos, soja, pasta de celulosa, aceites y proteínas básicas prensadas, hierro, cobre, molibdeno, y por supuesto, oro y plata… Hoy, el escenario ha cambiado rotundamente. Ahora en cambio, el cuerpo social latinoamericano está atravesando el tiempo de la resaca… Como tantas otras veces en la historia económica de la región, el momento cíclico de auge, duró poco; tras el mismo, los efectos y los síntomas de las expropiaciones y devastaciones, afloran a la superficie. El dolor de la expropiación se siente a flor de piel(Machado Aráoz, 2012); los efectos anestésicos del consumismo -del consumo ostentoso de las élites; del consumo imitativo de las clases medias y el consumo compensatorio de las bases de la pirámide (Machado Aráoz, 2013; Scribano y DE Senna, 2014) han perdido eficacia. Son tiempos de aturdimientos y confusiones; también de crisis y levantamientos oblicuos, de efervescencia de la conflictividad social y política; en suma, de agudización y explicitación de las violencias y los violentamientos expropiatorios (Antonelli, 2016). Quizás, lo único promisorio de este sombrío escenario presente, es que, tal vez, estemos ahora, en mejores condiciones para volver a plantear y a re-pensar, precisamente, el fondo de la cuestión.El extractivismo como geo-metabolismo del capital“El capitalismo vive a expensas de economías coloniales; vive, más exactamente de su ruina. Y si para acumular tiene absoluta necesidad de ellas, es porque éstas le ofrecen la tierra nutritiva a expensas de la cual se cumple la acumulación”. (Rosa Luxemburgo, 1912).El fondo de la cuestión, a nuestro modo de ver, sobre la problemática del –probablemente mal llamado- fenómeno del “extractivismo” es el de la naturaleza colonial del capitalismo y, más genéricamente, el de los resabios (por cierto contradictoriamente antimaterialistas) antropocéntricos, productivistas y evolucionistas que aún hoy afectan la radicalidad revolucionaria del pensamiento marxista [1].Sobre la primera cuestión fundamental, cabe señalar que la razón progresista ha incurrido (interesadamente o no) en una gravosa omisión teórico-política sobre las raíces, los alcances y las funciones del extractivismo en la ecología-mundo del capital. Pretendiendo limitarlo temporalmente a ciertos períodos y/o restringirlo espacialmente a las geografías donde se localizan las “actividades extractivas”, los voceros de los gobiernos progresistas han procurado desconectar / desconocer los insoslayables vínculos histórica y geográficamente existentes entre extractivismo, colonialismo y capitalismo. Por caso, García Linera ha planteado que el extractivismo es sólo una fase o etapa de los procesos productivos que se halla en cualquier formación social, independientemente de sus características y condiciones histórico-políticas específicas. Para él, “el extractivismo, el no-extractivismo o el industrialismo (…) son sistemas técnicos de procesamiento de la naturaleza mediante el trabajo y pueden estar presentes en sociedades precapitalistas, capitalistas o sociedades comunitaristas. (…) Los críticos del extractivismo confunden sistema técnico con modo de producción y a partir de esa confusión asocian extractivismo con capitalismo, olvidando que existen sociedades no-extractivistas, las industriales ¡plenamente capitalistas!” (García Linera, 2012: 107).Sin embargo, esto se contradice con (y reniega de) los análisis elementales de Marx sobre los orígenes y la naturaleza del capitalismo. El capitalismo es un modo histórico de producción que, desde sus orígenes, surge y se constituye como tal en cuanto sistema-mundo, no apenas como “economía nacional”. Aún cuando Marx se concentró en el análisis del capitalismo británico, como la expresión más acabada de éste en el siglo XIX, nunca postuló que la economía británica podía ser comprendida en sí misma, al margen de las relaciones coloniales establecidas con el resto del mundo. Y más aún, el apogeo británico del siglo XIX, no es un hecho azaroso, sino el resultado del proceso histórico de despliegue de las relaciones coloniales que Europa protagoniza a partir de fines del siglo XV.Para una mirada pretendidamente marxista no es posible pasar por alto que en “los albores de la era de la producción capitalista” hallamos como, hechos determinantes, “el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros…” (Marx, 1976: 638). Además, como han destacado los análisis de Rosa Luxemburgo (1912) y de David Harvey (2004), los hechos desencadenantes de la acumulación originaria no revisten apenas el valor de acontecimientos del pasado que signan los orígenes del capitalismo, sino que se trata de un modus operandi que revela la lógica intrínseca, constitutiva y constituyente del capitalismo. Lejos de ser una etapa en el desarrollo del capitalismo que se restringe a sus orígenes, esas formas de expoliación y de saqueo constituyen un aspecto inherente y continuo del capitalismo a lo largo de sus diversas fases históricas.El análisis de Rosa Luxemburgo es sumamente esclarecedor de esta desigualdad geográfica permanente en el tiempo, propia del capitalismo como sistema mundial. Para ella, el proceso de producción de plusvalía que acontece en las metrópolis imperiales (“la acumulación como proceso puramente económico”) es inseparablemente subsidiario de “la política colonial” que “se desarrolla en la escena mundial”, donde la acumulación acontece ya, “sin disimulo” por medio de “la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña” (Luxemburgo, 1912). En la economía-mundo del capital, las geografías industrializadas están “orgánicamente vinculadas” a las geografías coloniales (donde impera lisa y llanamente la acumulación por despojo); por tanto, “la evolución histórica del capitalismo sólo puede ser comprendida si las estudiamos conjuntamente” (Luxemburgo, 1912).Así, es preciso descartar de plano una burda falacia argumental sobre el “extractivismo”: no se puede concebir extractivista a la economía brasileña por su alta tasa de exportación de bauxita y no-extractivista a la economía alemana, que es la de mayor índice de consumo de aluminio per cápita tiene a nivel mundial, cuando precisamente, el aluminio que consume la economía alemana está provisto por yacimientos ubicados en territorio brasileño. El “vínculo orgánico” que plantea Rosa entre las economías industrializadas y las zonas coloniales remite directamente al des-en-cubrimiento del extractivismo como dispositivo colonial del geo-metabolismo del capital.De tal modo, efectivamente, el extractivismo no es un modo de producción, pero tampoco es una fase de los procesos productivos, ni es algo que defina apenas la economía de un país o región donde se realiza la extracción. Ni es un fenómeno reciente, ni es algo atemporal. El extractivismo es un fenómeno estructural, históricamente delimitado a la moderna era del Capital. Emerge como producto histórico geopolítico de la diferenciación y jerarquización originaria entre territorios coloniales y metrópolis imperiales; los unos concebidos como meros espacios de saqueo y expolio para el aprovisionamiento de los otros.En este sentido, no es posible pasar por alto el fundacional y determinante papel performativo desempeñado por la conquista y colonización de América en el surgimiento, expansión, y consolidación del capitalismo como patrón de poder mundial y modelo civilizatorio hegemónico. El hallazgo de la naturaleza americana se erige así como el pilar fundacional de ese proceso y la condición de posibilidad misma del capitalismo como tal. Desde entonces hasta el presente, ininterrumpidamente, la “riqueza” de la naturaleza americana (y de las zonas coloniales, en general) se constituirá en la materia prima de la acumulación capitalista global; proveerá las bases materiales y simbólicas de la producción capitalista de la naturaleza y de la configuración de la naturaleza como objeto colonial del capital.Esto es, la cosmovisión propiamente moderno-capitalista de la Naturaleza -basado en una concepción eminentemente antropocéntrica/utilitarista de la misma- y el patrón hegemónico de relacionamiento extractivista resultante, se con-formaron en el específico contexto socio-histórico del “descubrimiento” y la conquista de la naturaleza americana. Así, el modus operandi del conquistador fungió como habitus a partir del cual se construyeron las tecnologías materiales, institucionales y representacionales de apropiación, uso y manipulación de la Naturaleza, a la postre, instituidas como “únicas”, “universales”.Ese habitus conquistador está en la quintaesencia del sujeto moderno, del prototipo del individuo racional; el que ya encarnado en sus roles de científico, de empresario, y/o de funcionario estatal (intercambiablemente) se arrogó el monopolio del tratamiento y disposición (ya “científica”, ya “eficiente”, ya “legal”) de la Naturaleza. Así, a partir de entonces y hasta la fecha, la Naturaleza-Vida, degradada ya a su condición de mero recurso, va a ser unilinealmente pensada, concebida y tratada como objeto de conquista, de explotación, al servicio de la acumulación.La idea de colonialidad de la naturaleza remite a este dispositivo epistémico a través del cual el capital trazó una trayectoria de objetualización, cientifización y mercantilización de la Naturaleza, tanto de la naturaleza exterior (=territorios-recursos naturales),como de la naturaleza interior (=cuerpos-fuerza de trabajo). El historiador de la ciencia Peter Bowler destaca cómo la formación del “espíritu científico” moderno y la propia constitución de las ciencias naturales estuvieron motivacionalmente fundadas “no sólo por el deseo de explorar sino también de explotar una proporción siempre mayor de la superficie terrestre… Tal actitud exigía una visión más impersonal de la naturaleza; una imagen de los seres vivos como meros artefactos que estaban ahí para ser explotados” y no es un detalle menor el hecho de que esos descubrimientos fueran protagonizados “por hombres que no eran ilustrados, sino comerciantes que partían en busca de ganancias” (Bowler, 1998: 50-55). De tal modo, desde el siglo XVI en adelante, asistimos al ascenso de una concepción mecanicista de la naturaleza como verdad científica, que coadyuvó a “legitimar la despiadada actitud de una época donde el lucro era lo único que importaba” (Bowler, 1998: 50).Ahora bien, vale remarcar entonces que ese sistema representacional no se creó en el aire; ni con anterioridad a la organización global de la economía política del saqueo. La colonialidad como la cara oculta de la Modernidad no es concebible al margen y/o independientemente de la dinámica material-energética, socio-geo-metabólica, de imposición de un patrón mundial estructural de explotación de los territorios y los cuerpos así con-vertidos en botines de guerra/objetos de conquista. Como precisa el geógrafo brasileño Carlos Walter Porto Goncalves, “sin el oro y la plata de América, sin la ocupación de sus tierras para las plantaciones de caña de azúcar, de café, de tabaco y de tantas otras especies, sin la explotación del trabajo indígena y esclavo, Europa no sería ni moderna, ni centro del mundo” (Porto Goncalves, 2003: 168).Esto significa que no hay colonialidad sin colonialismo; y que no hay capitalismo sin extractivismo. El extractivismo, tal como lo hemos definido y caracterizado (Machado Aráoz, 2015), remite al patrón geográfico-colonial de apropiación y disposición de las energías vitales (las primarias energías naturales y las secundarias, socioterritoriales) por parte de una minoría social violenta que ha impuesto la economía de guerra, como cosmovisión y práctica de relacionamiento con el mundo; lo que, a largo plazo, produce condiciones (ecobiopolíticas) de superioridad en unos (pocos) seres humanos y grupos socioculturales, y efectos (ecobiopolíticos) de inferiorización en vastas mayorías de aquellos.Por otro lado, al ser un sistema autoexpansivo, que toma como finalidad un objeto abstracto (la acumulación de valor) desentendiéndose de la materialidad concreta del mundo de la vida, el capitalismo crea una Naturaleza donde la producción de “riqueza” está dialéctica e inexorablemente ligada a la depredación de las fuentes y medios de vida. La capitalización de la Naturaleza -incluso en las formas del conservacionismo- es la muerte de la Naturaleza.Ahora bien, esa muerte no se distribuye proporcional y simétricamente; anida de modo diferencial, en las economías coloniales, así marcadas como zonas de sacrificio. La economía imperial del capital, el modo de vida imperial (Brand y Wissen, 2013) de las élites que detentan el control oligopólico de los medios de violencia, sólo se hace “sostenible” a costa de la explotación extractivista de los cuerpos y los territorios; es decir, de la Vida en sus formas históricas elementales. Por eso el capital, es una necro-economía de frontera. “La apropiación de la tierra y el trabajo de frontera ha sido la condición indispensable para las grandes olas de acumulación de capital (…). Las apropiaciones de frontera envían vastas reservas de trabajo, alimento, energía y materias primas a las fauces de la acumulación global de capital” (Moore, 2013), sin las cuales ésta no sería materialmente posible.¿Crecer para salir del neoliberalismo? Los espejismos del “crecimiento con inclusión social”“El capitalismo de crecimiento ha muerto. El socialismo de crecimiento, que se le parece como un hermano gemelo, nos refleja la imagen deformada de nuestro pasado, no la de nuestro futuro” (André Gorz, “Ecología y Libertad, 1977).Ver y comprender hasta qué punto el capitalismo no puede funcionar sino a expensas de la explotación extractiva de economías coloniales, podría no ser políticamente tan importante si no fuera que estamos viviendo y hablando de y desde Nuestra América. Entender y sentir hasta qué punto la explotación de la Tierra es, en sí misma, la explotación de los cuerpos, es algo crucial para quienes estamos situados en una perspectiva epistémico-política del Sur (Souza Santos, 2009). Pues precisamente, ello nos hace tomar conciencia de que la “riqueza” que el capital acumula y que (en sus versiones progresistas) promete “redistribuir” es la riqueza del valor abstracto, esa cuya acumulación se amasa a costa de la fagocitosis de los expropiados; de” los condenados de la Tierra” (Fanon, 1961).Como ya señalamos en otras oportunidades, los extravíos de la razón progresista nacen precisamente de aquella omisión. Al abrazar fervientemente la fe ciega en el progreso (esto es, el credo colonial-capitalista del evolucionismo, el cientificismo y la omnipotencia y la ‘neutralidad’ tecnológica), la razón progresista cree firmemente en el crecimiento infinito como horizonte universal y deseable de la historia y en la redistribución de ese crecimiento como “camino” de la redención social. Ese imaginario colonial ha “atacado” de nuevo los esfuerzos emancipatorios nuestroamericanos recientes.En las encrucijadas del capitalismo/colonialismo senil, los gobiernos progresistas de América Latina, surgidos e impulsados por resistencias populares contra el neoliberalismo, han recaído –una vez más- en la ceguera colonial de las fantasías desarrollistas. Han tentado romper las cadenas de la opresión histórica, profundizando sin embargo, las sendas estructurales que las forjaron. Omitiendo que el problema de fondo era y es el capitalismo/colonialismo, se optó por confrontar con el “neoliberalismo”. Confundiendo “crecimiento con revolución social”, apostó al crecimiento –sí, claro, con redistribución del ingreso- como “vía de salida” hacia el “post-neoliberalismo. Pese a todas las advertencias en contrario, la obsesión por el crecimiento, por la expansión del consumo, el “ascenso de las clases medias” como vía de “superación de la pobreza”, terminó provocando una gravosa amnesia política sobre qué es lo que crece y sobre los efectos eco-biopolíticos de ese crecimiento.Ineludiblemente, lo que crece con el crecimiento (del PBI, de las inversiones, de los empleos, y aún de los salarios y el consumo popular) es el capitalismo. El crecimiento no nos saca ni nos aleja de éste; sino que nos hunde cada vez más en sus fauces necro-económicas. Nuestro crecimiento, el de nuestras economías latinoamericanas, es el crecimiento específicamente del capitalismo periférico-colonial-dependiente. Por tanto, es la profundización de las condiciones histórico-estructurales de super-explotación (Marini, 1973); de depredación de la Tierra y de los Cuerpos como materia prima para la realización de la acumulación global. Nuestro crecimiento no nos alejó del capitalismo, sino que fue funcional a su reactivación e intensificación. No sólo en términos macro-geopolíticos, ya que el boom de los commodities alimentó el crecimiento industrial chino, como locomotora del mundo; sino también en términos micro-bio-políticos, pues la expansión del consumo opera como una gran fábrica de producción capitalista de subjetividades, de sensibilidades y sociabilidades hechas cuerpos, donde las formas de percepción de la realidad, los modos de estructuración de las relaciones sociales y hasta los modos de pensar la propia vida, los sueños, los deseos y el sentido de la existencia, están completamente mediados y colonizados por la lógica fetichista de la mercancía.La expansión de la fiebre consumista, lo sabemos, provoca estragos en las energías revolucionarias. Cuando la forma mercancía se convierte en portadora de la felicidad; cuando el acceso a éstas es tomado como indicador de “bienestar social”; cuando el universo de los ideales políticos, las máximas aspiraciones libertarias, igualitarias y de justicia, se reducen drásticamente a la aspiración minimalista de ‘participar’ en el consumo de mercado, es cuando ya hemos perdido completamente el rumbo y hasta el sentido de la vida.Nuestras críticas a los gobiernos progresistas en modo alguno buscaron “hacerle el juego a la derecha”; todo lo contrario. Simplemente procuraron remarcar que hablar de “capitalismo salvaje” es una tautología y que predicar el “capitalismo humanizado” es un oxímoron. El capitalismo no admite adjetivaciones; es simplemente eso: un régimen de relaciones sociales que opera la fagocitosis de las energías vitales como medio para la acumulación pretendidamente infinita del valor abstracto. En ese proceso consume la vitalidad de la Tierra y la humanidad de lo humano.Ahora, que se vienen de nuevo tiempos de “ajuste y recesión” bien vale la pena recordar lo que dijimos en tiempos de auge y expansión: el neoliberalismo no es apenas sinónimo de privatizaciones, ajustes, recortes de salarios y de las políticas sociales. El neoliberalismo es apenas una fase del capital cuya característica central está dada por el predominio de procesos de acumulación por despojo (Harvey, 2004), vale decir, por intensificación de las dinámicas de mercantilización mediadas por múltiples y crecientes recursos de violencia. El neoliberalismo es, ni más ni menos, que el capitalismo en su fase senil; la era de la acumulación en tiempos de agotamiento del mundo y de crisis terminal de las energías vitales, tanto las primarias (que brotan de la Tierra) como de las sociales (que surgen y se movilizan por el trabajo).Precisamente porque la economía política de la devastación (Foster, 2007) ha llegado a sus límites, la fase del extractivismo neoliberal implica el inicio de una nueva era: la era de la explotación no convencional. Es que las formas convencionales de la explotación (tanto de la fuerza de trabajo-naturaleza interior, como de la Tierra-naturaleza exterior) han tocado fondo. Es el agotamiento de las formas neotayloristas de disposición de los cuerpos y extracción de las energías sociales; es el agotamiento de las formas convencionales de extracción de energías en sus formas primarias (petróleo, minerales, nutrientes, proteínas). Es, por consiguiente, el inicio de nuevos regímenes de trabajo/tecnologías de extracción de plusvalía y de nuevas tecnologías de extracción y súper-explotación de los “recursos no convencionales”: la era de la del fracking, del shale-oil y el presal; de la minería hidro-química a gran escala; de las mega-plantaciones también químicas y carburíferas; la era de la transgénesis y de la intervención mercantilizadora sobre las estructuras microscópicas de la vida (nanotecnología) así como de las geo-ingenierías y los mercados de carbono, oxígeno, fósforo, nitrógeno, etc.Bajo esta dinámica, el capital avanza creando nuevos regímenes de naturaleza (capital natural) y nuevos regímenes de subjetividad (capital humano), cuyos procesos de (re)producción se hallan cada vez más subsumidos bajo la ley del valor. Ese avance del capital supone una fenomenal fuerza de expropiación/apropiación de las condiciones materiales y simbólicas de la soberanía de los pueblos; de las condiciones de autodeterminación de la propia vida. Y todo ello se realiza a consta de la intensificación exponencial de la violencia como medio de producción clave de la acumulación. Vivimos tiempos de agudización y explicitación de las violencias y los violentamientos expropiatorios.No casualmente, días atrás, el relieve sociopolítico de Nuestra América se ha visto sacudido por el brutal asesinato de Berta Cáceres, acompañado también de agresiones y de intentos de incriminación a Gustavo Castro Soto, otro compañero, aunados en las luchas contra los mega-proyectos hidroélectricos, de minería a gran escala y monoculturas extractivistas varias que implican, en el fondo, los nuevos “enclosures” del Siglo XXI. Incontrastablemente, el motivo de semejante crimen fue que Berta se había tornado en un duro obstáculo para los proyectos del poder. Como lideresa firme y clara, tenía plena conciencia que su vida corría peligro. Ella misma, unos meses antes de su asesinato denunciaba que el terrorismo, la militarización y las persecuciones que estaban viviendo campesinos, pueblos originarios, el pueblo Garífuna en Honduras, eran parte de una estrategia cuyo fin era “decapitar el movimiento social que está resistiendo en los territorios el avance del capitalismo”. En una entrevista de noviembre de 2014, el periodista le pregunta: “Berta, frente a esta ola de asesinatos, ¿temes por tu vida?”; y Berta contesta: “Sí, sí. Bueno, tenemos temor… En Honduras no es fácil; es un país en el que se vive una violencia brutal; son constantes los asesinatos, las amenazas, los atentados a la vida… El encarcelamiento, las órdenes de prisión, bueno, esos son riesgos menores. (…) Lo más peligroso en Honduras, que yo misma lo siento, es el riesgo de perder la vida… (…) Pero sí, tememos por nuestra vida, pero yo también quiero decir categóricamente que no nos van a paralizar por el miedo. Eso sí, que lo sepan ellos. Además, aunque sucediera, yo estoy absolutamente convencida de que el pueblo lenca y la resistencia del pueblo hondureño no va a cesar, al contrario, va a crecer más aún” [2].Forma extrema de los violentamientos, el asesinato de Berta, como el de tantas y tantos otros sujetos/cuerpos-conscientes de su territorialidad en Nuestra América, emerge como inequívoco síntoma de la fase senil, ultra-predatoria en la que ha ingresado el metabolismo necro-económico del Capital, esa ecología-mundo que ha prosperado y ha usurpado el nombre de la humanidad, a costa de la depredación sacrificial de las economías de frontera; de su Tierra y su Trabajo. Berta tenía clara conciencia de que el modo de vida capitalista, colonial, patriarcal contra el que luchaba, precisaba, para progresar, fracturar las conexiones vitales-existenciales entre cuerpos-trabajo y Tierra-territorios de vida. Berta lucha junto a esos cuerpos primitivizados por la violencia modernizadora del capital. Por eso, para la “opinión pública”, en las crónicas periodísticas convencionales, Berta era presentada como “defensora de los Derechos Humanos”. Para quienes la conocimos, para muchas y muchos que hacen parte de esos cuerpos en re(ex)sistencia, Berta es una Defensora de la Madre Tierra. Tenemos la íntima convicción que ella misma prefería esta última presentación; porque su vida es, en sí, una pedagogía política que nos enseña que no hay derechos humanos por afuera ni por encima de la Madre Tierra; que no hay “dignificación del ser humano” ni “lucha contra la explotación de la/os trabajadora/es” que se logre a costa de la explotación y la depredación de la Tierra.De la cuestión de fondo a lo fundamental. Pensar-nos Tierra como clave para re-orientar nuestras luchas emancipatorias“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; es decir, la naturaleza en cuanto no es el mismo cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante, para no morir. La afirmación de que la vida física y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene más sentido que el que la naturaleza se halla entroncada consigo misma, y que el hombre es parte de la naturaleza” (Karl Marx, Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844).Salvo notables excepciones, el pensamiento tradicional de izquierda y el marxismo ortodoxo en general ha tendido a priorizar laopresión de clase por sobre la explotación de la Naturaleza, como si fueran dos problemáticas distintas e inconexas. Sin embargo, este tipo de razonamiento está en abierta contradicción con la ontología materialista de Marx, que al pensar los fundamentos de la realidad, en lugar de la conciencia, del Sujeto o del Objeto, parte del cuerpo. En efecto, para Marx, “(L)la primera premisa de toda la historia humana es la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a constatar es, por tanto, la organización corpórea de esos individuos y la relación por eso existente con el resto de la naturaleza” (Marx y Engels, 1974: 19).Se trata de una premisa fundamental sobre la que se edifica todo el pensamiento filosófico, antropológico y político de Marx.Pues, en primer lugar, partir de los individuos humanos vivientes, implica, ante todo, negar radicalmente toda separación entre Naturaleza y Sociedad y rechazar todo antropocentrismo. O, si se prefiere, supone partir de la afirmación básica de que el ser humano es naturaleza. La materialidad del cuerpo remite indefectiblemente al enraizamiento histórico-material que lo humano tiene respecto de la Naturaleza en general. Una perspectiva histórico-materialista –como la que propone Marx- nos lleva a reconocer que, históricamente, venimos de la Naturaleza: somos parte del proceso natural de irrupción, despliegue y complejización de la materia en el transcurso geológico de la vida en el planeta. Y que fisiológicamente, dependemos de la Naturaleza: los cuerpos humanos vivientes (naturaleza interior) tienen una relación de dependencia existencial con el conjunto de seres vivos y de factores y condiciones biosféricas de la Tierra (naturaleza exterior). La Tierra -como sistema viviente- nosexcede, nos precede y nos contiene absolutamente. Nuestra vida es estructural y funcionalmente dependiente de una sistemática e ininterrumpida vinculación material con el resto de la Naturaleza en general. Por tanto, lo humano no puede ser escindido de la naturaleza; no puede ser pensado o concebido como algo exterior, ajeno o contrapuesto a la naturaleza.En segundo término, al partir de los cuerpos, Marx coloca la cuestión de la vida -la problemática de los individuos humanos vivientes- en la base de su construcción teórica y en el centro de sus preocupaciones políticas. A diferencia del idealismo, del empirismo naturalista y del materialismo mecanicista (cada uno, en sus diferentes variantes), Marx no concibe el mundo ni como “idea” ni como “cosa”, sino como vida-práctica. En Marx, lo real es lo vivo en cuanto tal: el conjunto de procesos práctico-materiales a través de los cuales acontece la vida en general; y también, en particular, la vida humana, como una expresión histórico-específica de aquella.Así, la centralidad del cuerpo, en cuanto permite despejar la ficción idealista de todo antropocentrismo, es fundamental para una epistemología política que se piensa en clave de emancipación y realización plena de la Vida. Pues, cuando lo que ocupa el centro de nuestras preocupaciones epistémicas y políticas es la vida plena de los seres humanos vivientes, no hay lugar ahí para sustentar la falacia del antagonismo de “el hombre” vs. “la naturaleza”. Por el contrario, se hace evidente que, en realidad, la contradicción Capital vs. Trabajo, no es anterior ni exterior, a la contradicción Capital vs. Naturaleza-Vida; que no se trata de dos contradicciones (O´Connor, 2001), sino pues solo de una única gran contradicción fundamental, en la que la dinámica necro-económica del capital supone (y requiere) sacrificar la vida (en la radicalidad de sus fuentes y en la diversidad de sus formas y manifestaciones) en el altar del valor abstracto. Se hace, en definitiva, manifiesto que el encarcelamiento de la Tierra –a través de la propiedad- es el primer eslabón de los grilletes que encadenan al Trabajo.Así, la crucial cuestión de la liberación humana (de las ataduras del capital) requiere hoy, más que nunca, en los umbrales del Siglo XXI, re-pensar la Tierra. Re-pensar la Tierra como cuestión vital-fundamental, es re-pensarla y re-descubrirla como Madre. Y es también re-pensar-nos a los seres humanos, como ontológicamente hijos de la Tierra; seres terrestres, en el sentido existencial de que no sólo vivimos apenas sobre la Tierra y de la Tierra, sino que literalmente somos Tierra. Precisamos, de modo urgente, volver a saber-nos y, sobre todo, sentir-nos Tierra.Pues, si la (in)civilización del capital ha llegado tan lejos en la devastación y denigración de la Vida, es precisamente porque no sólo ha crecido y se ha mundializado declarándole la guerra la Madre-Tierra, sino porque además, decisivamente, ha sido muy eficaz en la creación de sujetos-individuos que no se conciben como hijos-de-la-Tierra, sino que la sienten y conciben desde la exterioridad, la superioridad y lainstrumentalidad. Individuos que creen y que sienten que viven del dinero y no de la Madre-Tierra; que conciben el progreso y el desarrollo de lo humano, en términos de dominio y explotación presuntamente infinita de los “recursos” de la Tierra.Frente al escenario de barbarie mundializada y diversificada que nos ofrece el siglo XXI, tras más de cinco siglos de “desarrollo capitalista”, necesitamos, de modo urgente, re-pensar la Tierra para re-orientar el horizonte y el sentido de nuestras luchas emancipatorias.Re-pensar la Tierra como Madre no es romanticismo pachamamista nioscurantismo anti-científico. Si bien sí es una afirmación efectivamente pre-científica, se trata, sin embargo, de una verdad fundamental, no sólo en el más profundo sentido filosófico, sino también en el más riguroso sentido científico. Re-conocerla como tal y adecuar a ella nuestros modos de vida, nuestras instituciones, nuestras subjetividades, es decir, nuestros cuerpos y nuestros sueños, nuestras formas de concebir, percibir, pensar, sentir y vivir nuestro lugar en el mundo, es quizás, el mayor desafío pedagógico-político que afrontamos como especie, en un momento donde el camino de la emancipación se ha tornado, ni más ni menos, que el camino por la sobrevivencia; la sobrevivencia, al menos, de la humanidad de lo humano. Si las fuerzas de izquierda no asumen como propio este desafío, ¿entonces quiénes?
Bibliografía: (…)
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17 de septiembre de 2019
El progresismo fue gobiernos por los movimientos sociales antineoliberales pero les impuso el avance del capital expropiador/apropiador.
Las muchas organizaciones ecoterritoriales con carácter autónomo-transfronterizo y alternativas emancipatorias
DesBolsonarizar la Amazonía
desde los distintos territorios
16 de
septiembre
de 2019
Por
Andrés Kogan Valderrama
(Rebelión)
Según lo planteado por el Instituto Nacional de Investigaciones
Espaciales de Brasil (INPE), se ha reportado un aumento dramático de
incendios de lo que va del año en la Amazonía desde el 1 de Enero al 1
de Septiembre del 2019 en comparación al año pasado. Es así como en
Brasil se han reportado 91.891 incendios (aumento del 67%), mientras que
en Bolivia se han reportado 20.266 incendios forestales (aumento del
76%).
En lo
que respecta a datos sobre tazas de deforestación del año pasado, tanto
Brasil (1.347.123 hectáreas) como Bolivia (154.448 hectáreas) lideran la
lista de los países con más cantidad de bosques tropicales que se han
perdido a nivel mundial, lo cual si no se le pone freno, las catástrofes
socioambientales serán cada vez más insostenibles para todos los seres
vivos, incluyendo los seres humanos.De ahí que la discusión sobre lo que está ocurriendo en la Amazonía, esté centrada en el actuar tanto del gobierno de Brasil como de Bolivia, en los cuales a ambos se les responsabiliza por la ampliación de la frontera ganadera y agroindustrial en los territorios amazónicos para la exportación de carne y soya, en donde tienen a China como su principal comprador a nivel mundial.
Es así, como en el caso de Jair Bolsonaro, con un discurso abiertamente racista y negacionista de la crisis socioambiental actual, fue capaz de salirse del Acuerdo de Paris, cerrar las secretarías de Cambio Climático, cerrar la Agencia Nacional del Agua y desmantelar los organismos de protección a pueblos indígenas. Además se le ha cuestionado por liberar 262 agrotóxicos y beneficiar a grandes empresas ganaderas como JBS.
Por otro lado, en el caso de Evo Morales, con un discurso pachamamista pero neoextractivista en la práctica, se le cuestiona por emitir el Decreto Supremo 3973, el cual no hace más que legalizar los desmontes para incrementar la frontera agrícola y las quemas en los departamento de Beni y Santa Cruz. Asimismo, se le cuestiona por acordar con corporaciones extractivas, como lo son Bayer-Monsanto, Singenta, Cargill, lo que incrementará los cultivos transgénicos como nunca antes había pasado en el país. Ante esto, que los incendios en Chiquitanía tengan relación justamente con esas políticas.
Lo paradójico de todo esto, es que un país como Bolivia, el cual a nivel constitucional plantea la defensa de la Madre Tierra, entendida ésta como sujeta de derechos, tenga a un presidente que apela a una defensa similar a Bolsonaro con lo ocurrido con los incendios, planteando la idea de una intervención conspirativa desde ONGs ambientalistas para desestabilizar su gobierno, reproduciendo así ambos un discurso nacionalista, aferrado a una idea de soberanía territorial estatal proveniente de la lógica militar.Por otra parte, el gobierno francés de Emanuel Macron, a través de un discurso globalista liberal, muestra preocupación con la Amazonía, mientras que por otro lado aún mantiene una colonia en Guayana, la cual también está siendo amenazada por el extractivismo de compañías mineras, la desforestación y por los incendios. El caso del Proyecto Minero Montaña de Oro, detenido por ahora, es un buen ejemplo de cómo el extractivismo permea las fronteras nacionales.
Por lo mismo, la discusión entre nacionalistas frente a globalistas, sean estos de izquierda o de derecha, conservadores o progresistas, sólo invisibiliza la crisis socioambiental actual. Por eso que la idea de DesBolsonarizar la Amazonía lo que busca es poner en el centro del debate a las múltiples organizaciones ecoterritoriales que se están generando en la región de manera autónoma y transfronteriza, las cuales hace rato están planteando alternativas sustentables desde el ecofeminismo, la permacultura, la agroecología, el decrecimiento, entre muchas otras.
Es el caso de lo realizado por la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA), que agrupa a organizaciones de los nueve países que la componen, y que es un buen ejemplo de cómo anteponer plurinacionalmente la defensa y el cuidado de los ecosistemas por sobre intereses estatales y privados.
Una de esas organizaciones, la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), ha convocado a la “X Marcha de las naciones indígenas contra las leyes y decreto que destruyen nuestra casa grande”, la cual partirá el 16 de septiembre, de San Ignacio de Velasco, en el departamento de Santa Cruz, hacia la sede de Gobierno de aquel país.
Andrés Kogan Valderrama es sociólogo y editor del Observatorio
Plurinacional de Aguas
18 de agosto de 2019
Necesidad de ir uniendo las luchas sociales con las ecológicas por conciencia emancipatoria.
Crisis
ecológica y lucha política:
la alternativa ecosocialista
13 de diciembre de 2010
13 de diciembre de 2010
Por
Michael Lowy y Samuel González
Revista Memoria (México)
Revista Memoria (México)
“Nada ha corrompido tanto a la clase
obrera alemana como la idea de que se movía en el sentido de la
corriente. Consideraba los desarrollos tecnológicos como el sentido de
la corriente en el que avanzaba. De ahí no había más que un paso hasta
la ilusión de que el trabajo fabril que supuestamente tendía al progreso
tecnológico constituía un logro político”
Walter Benjamin.
Durante siglos cada sociedad ha desarrollado un complejo y particular
entramado de relaciones con la naturaleza. De entre los distintos
vehículos que ha establecido la humanidad en su relación con la
naturaleza, la técnica, sin duda alguna, es una pieza angular al ser
esta la encargada de delimitar y modelar, a través de instrumentos y
relaciones sociales, la dinámica con la cual cada cuerpo social se
apropia y se relaciona con la naturaleza, y a su vez consigo mismo.Walter Benjamin.
Cada conjunto de relaciones que la humanidad establece con la naturaleza proyecta, a su vez, cada fracción de las relaciones humanas establecidas en la sociedad. Dentro de este complejo cosmos, existe igualmente un sistema de ideas, encargado de justificar la dinámica social, las cuales constituyen una serie de estructuras mentales que modelan la forma de concebirnos frente a la naturaleza y frente a nosotros mismos.
En este sentido es que la modernidad inauguraría un curso
completamente radical para construir y conceptualizar dicha relación. La
sociedad industrial moderna trataría de modelar el medio ambiente a
imagen y semejanza suya, para lo cual el desarrollo de la técnica se
convertiría en esa promesa efectiva para la realización del paraíso
industrial.
De esta forma, la libertad moderna en la sociedad capitalista fue
concebida como dominación de lo natural en contraposición a las
contingencias del ambiente. Para poder liberarse había que descubrir y
dominar a la naturaleza -este ha sido precisamente el paradigma de la
técnica capitalista y lo que tiene como consecuencia la degeneración de
la ciencia que opera bajo los parámetros de la ganancia-.
La
subsunción de la modernidad al orden del capital conjuraría las
aspiraciones modernas condenándolas a la lógica de la valorización de
valor, a su racionalidad puramente instrumental. La aspiración moderna
de construir nuestra propia historia quedaría sellada dentro de las
promesas formales del Estado, la ciudadanía y la propiedad, las cuales
promoverían una supuesta sociedad democrática en donde todos seriamos
iguales y en donde todos tendríamos el derecho a ser poseedores.
Sin embargo la realidad haría evidente que son las minorías,
dueñas del capital, las que decidirían por las mayorías, evidenciando
cómo es que la sociedad capitalista tiene, como punto de partida para su
estructuración al individuo, pero no cualquier individuo sino aquel que
es propietario de los medios de producción.La sociedad capitalista ha instaurado una dinámica presidida por el deseo de dominar la naturaleza mediante la técnica, convirtiéndola en una mercancía más que podría contribuir a de la acumulación privada de capital. En esa medida, la lógica de las sociedades capitalistas constituye una relación con la naturaleza que expresa la enajenación del ser humano, extrañado de sí mismo y de la naturaleza, a la cual enfrenta como externalidad que le repele. El metabolismo naturaleza-humanidad trascurre así en una dinámica de destrucción y degeneración, de caos y vaciamiento. Por supuesto esta situación está llegando a su límite.
Las distintas crisis que hoy enfrenta la humanidad a nivel mundial resultan de un mismo fenómeno: un sistema que transforma todo – la tierra, el agua, el aire que respiramos, la naturaleza, los seres humanos- en mercancía; que no conoce otro criterio que no sea la expansión de los negocios y la acumulación de beneficios para unos cuantos. Sin embargo, este conjunto de crisis son aspectos interrelacionados de una crisis más general, la crisis de la moderna civilización industrial.
Hoy, sin embargo, el proceso de devastación de la naturaleza, de
deterioro del medio ambiente y de cambio climático se ha acelerado a tal
punto que no estamos discutiendo más sobre un futuro a largo plazo.
Estamos discutiendo procesos que ya están en curso, la catástrofe ya
comenzó, esta es la realidad y estamos en una carrera contra el tiempo
para intentar frenar y contener este proceso desastroso.
¿Cuáles son las señales que muestran el carácter cada vez más
destructivo del proceso de acumulación capitalista a escala global?
El más obvio, y peligroso, es el proceso de
cambio climático; un proceso que resulta de los gases de efecto
invernadero emitidos por la industria, el agro-negocio y el sistema de
transporte existentes en las sociedades capitalistas modernas. Este
cambio tendrá como resultado no sólo el aumento de la temperatura en
todo el planeta, sino también la desertificación de tierras, problema
que en la actualidad tiene efectos devastadores sobre la población del
tercer mundo , la elevación del nivel del mar, la desaparición de
ciudades enteras– Hong-Kong, Río de Janeiro – debajo del océano y la
desaparición de ecosistemas enteros. Todo ello nos acerca fatalmente a
lo que probablemente será la sexta mega extinción de la vida sobre el
planeta Tierra.Todo esto no resulta del exceso de población, como dicen algunos, ni de la tecnología en sí abstractamente, ni tampoco de la mala voluntad del género humano. Se trata de algo muy concreto: de las consecuencias del proceso de acumulación del capital, en particular de su forma actual, de globalización neoliberal que ha descansado sobre la hegemonía del imperio norteamericano. Este es el elemento esencial, motor de este proceso y de esta lógica destructiva que corresponde a la necesidad de expansión ilimitada –aquello que Hegel llamaba “mal infinito”- de un proceso infinito de acumulación de negocios, acumulación de capital que es inherente a la lógica del capital.
Luego, la cuestión que se coloca es la necesidad de una alternativa que sea radical. Las alternativas de soluciones “moderadas” se revelan completamente incapaces de enfrentar este proceso catastrófico. El llamado Protocolo de Kioto tiene alcances muy limitados, casi infinitamente limitados del que sería necesario, y aún así, el gobierno norteamericano, principal contaminador, campeón de la contaminación planetaria, se rehúsa a firmarlo.
El Protocolo de Kioto, en realidad, propone resolver el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero a través del llamado “mercado de los derechos de contaminación”: Las empresas que emiten más CO2 van a comprar otras, que contaminan menos, derechos de emisión. ¡Esto sería la solución del problema para el efecto invernadero! Obviamente, las soluciones que aceptan las reglas del juego capitalista, que se adaptan a las reglas del mercado, que aceptan la lógica de expansión infinita del capital, no son soluciones y son incapaces de enfrentar la crisis ambiental – una crisis que se transforma, debido al cambio climático, en una crisis de sobrevivencia de la especie humana-.
La conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de diciembre de 2009 fue el ejemplo más clamoroso de la incapacidad - o de la falta de interés - de las potencias capitalistas para enfrentar el dramático desafío del calentamiento global. La montaña de Copenhague desenmascaró el engaño: se trató de una miserable “declaración política” sin ningún compromiso concreto y cifrado únicamente en la reducción de las emisiones con efecto invernadero; y el peligro de que este mismo fenómeno se repita en Cancún este mismo año es inminente.
Necesitamos pensar, por lo tanto, en alternativas radicales que se coloquen en otro horizonte histórico, más allá del capitalismo, más allá de las reglas de acumulación capitalista y de la lógica de lucro de mercancías. Como una alternativa radical es aquella que va a la raíz del problema, que es el capitalismo; esa alternativa es, para nosotros, el ecosocialismo: una propuesta estratégica que resulta de la convergencia entre la reflexión ecológica y la reflexión socialista.
Existe hoy a escala mundial una corriente ecosocialista, hay un movimiento ecosocialista internacional que recientemente, por ocasión del Foro Social Mundial de Belem (enero de 2009) publicó una declaración sobre el cambio climático, la cual formó parte del extenso y rico universo de protesta en Copenhague y lo seguirá haciendo en ocasión de la COP 16 en México.
El ecosocialismo es una reflexión crítica. En primer lugar, crítica la ecología no anticapitalista, la ecología capitalista o reformista, que considera posible reformar el capitalismo, llegar a un capitalismo “verde” más respetuoso al medio ambiente. De este modo, el ecosocialismo implica una crítica profunda, una crítica radical de las experiencias y de las concepciones tecnocráticas, burocráticas y no ecológicas de construcción del socialismo. Eso nos exige también una reflexión crítica sobre la herencia marxista en el campo de la cuestión del medio ambiente.
Muchos ecologistas critican a Marx por considerarlo un productivista. Tal crítica nos parece completamente equivocada: al hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es justamente Marx quien coloca la crítica más radical a la lógica productivista del capitalismo, la idea de que la producción de más y más mercancías es el objeto fundamental de la economía y de la sociedad.
El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, pero sí reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar de la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas para una crítica radical del productivismo y, notablemente, del productivismo capitalista. En el primer volumen del El Capital, Marx explica cómo el capitalismo agota no sólo las fuerzas del trabajador, sino también las propias fuerzas de la tierra, agotando las riquezas naturales. Así, esa perspectiva, esa sensibilidad, está presente en los escritos de Marx, sin embargo no ha sido suficientemente desarrollada.
Desde esta perspectiva el reto ecológico que enfrentan las clases subalternas es precisamente lograr subvertir eso que Marx criticó: la lógica individualista y enajenante del capital, la fetichización de la mercancía, con el objetivo de erradicar la cosificación del sujeto y de la naturaleza, logrando sentar las bases para la construcción de una nueva lógica para esta relación. Por ello, es necesario construir una crítica radical a la técnica capitalista, lo cual implica comprender que son también los instrumentos técnicos portadores de la dinámica de devastación ecológica, y ello exige reinventar no sólo las relaciones sociales en torno a los instrumentos sino a los instrumentos mismos.
Esta visión asume conscientemente que las fuerzas productivas existentes no son neutras: ellas son capitalistas en su dinámica y su funcionamiento, y por lo tanto son destructoras de la salud de las personas, así como del medio ambiente. La propia estructura del proceso productivo, de la tecnología y de la reflexión científica al servicio de la tecnología mercantil y de ese aparato productivo, se encuentran enteramente impregnadas por la lógica del capitalismo y conduce inevitablemente a la destrucción de los equilibrios ecológicos del planeta que son completamente incompatibles con los ciclos infernales del capital.
Lo que se necesita, por consiguiente, es una visión mucho más radical y profunda de lo que debe ser una revolución socialista. Se trata de transformar no sólo las relaciones de producción y las relaciones de propiedad, sino la propia estructura de las fuerzas productivas, la estructura del aparato productivo. Esto es, en nuestra concepción, una de las ideas fundamentales del ecosocialismo.
Hay que aplicar al aparato productivo la misma lógica que Marx pensaba para el aparato de Estado a partir de la experiencia de la Comuna de Paris, cuando el dijo lo siguiente: los trabajadores no pueden apropiarse del aparato del Estado burgués y usarlo al servicio del proletariado, no es posible, porque el aparato del Estado burgués nunca va a estar al servicio de los trabajadores. Entonces, se trata de destruir ese aparato de Estado y crear otro tipo de poder.
Esa lógica tiene que ser aplicada también al aparato productivo: el cual tiene que ser, sino destruido, al menos radicalmente transformado. Este no puede ser simplemente apropiado por las clases subalternas, y puesto a trabajar a su servicio, pues necesita ser estructuralmente transformado. A manera de ejemplo, el sistema productivo capitalista funciona sobre la base de fuentes de energía fósiles, responsables del calentamiento global – el carbón y el petróleo – de modo que un proceso de transición al socialismo solo sería posible cuando hubiera la sustitución de esas formas de energía por energías renovables, que son el agua, el viento y, sobretodo, la energía solar.
Por eso, el ecosocialismo implica una revolución del proceso de producción, de las fuentes energéticas. Es imposible separar la idea de socialismo, de una nueva sociedad, de la idea de nuevas fuentes de energía, en particular del sol – algunos ecosocialistas hablan del comunismo solar, pues entre el calor, la energía del Sol y el socialismo y el comunismo habría una especie de afinidad electiva.
Es por ello que en la actualidad los movimientos sociales tienen la necesidad de repensar la relación humanidad-naturaleza, teniendo presente que un cambio radical para esta relación debe contemplar una transformación no sólo en la forma de concebir el proceso productivo, pues una nueva forma de relacionarnos implica, necesariamente, una nueva técnica cuya lógica debe construirse desde la comunidad y para los intereses de esta, los cuales deben contemplar conscientemente la preservación de la vida en el planeta.
Pero un cambio radical a favor de la preservación de la vida en el planeta debe ser un cambio social, democrático y comunitario. Y para esto es primordial hacer estallar la cárcel de la valorización de valor, localizada precisamente en la propiedad privada de los medios de producción y la mercantilización del mundo social y natural, lo cual se expresa en la gestión privada y autoritaria de la sociedad y la naturaleza.
La dinámica capitalista de devastación ecológica tiene no sólo el vehículo de la técnica, sino también el de la propiedad privada que articula un sistema fundamentado en la gestión privada y enajenada de los recursos. Esto exige un cambio radical en la propiedad y gestión de los recursos que debe avanzar, como lo ejemplifican las luchas en América Latina, hacia la perspectiva de gestión comunitaria y territorial de los recursos.
Pero
no basta tampoco transformar el aparato productivo y los modelos de
propiedad, es necesario transformar también el patrón de consumo, todo
el modo de vida en torno al consumo, que es el patrón de capitalismo
basado en la producción masiva de objetos artificiales, inútiles, y
peligrosos. La lista de productos, mercancías y actividades
empresariales que son inútiles y nocivas a los individuos es inmensa.
Tomemos un ejemplo evidente: la publicidad. La publicidad es un
desperdicio monumental de energía humana, trabajo, papel, árboles
destruidos para gasto de papel, electricidad etc., y todo eso para
convencer al consumidor de que el jabón “X” es mejor que el jabón “Y” –
es un ejemplo evidente del desperdicio capitalista-.
Por
eso se trata de crear un nuevo modo de consumo y un nuevo modo de vida,
basado en la satisfacción de las verdaderas necesidades sociales que es
algo completamente diferente de las presuntas y falsas necesidades
producidas artificialmente por la publicidad capitalista. De ello se
desprende pensar la revolución ecosocialista como una revolución de la
vida cotidiana, como una revolución por la abolición de la cultura del
dinero impuesta por el capitalismo.
Una reorganización del conjunto de modo de producción y de consumo es necesaria, basada en criterios exteriores al mercado capitalista: las necesidades reales de la población y la defensa del equilibrio ecológico. Esto significa una economía de transición al socialismo, en la cual la propia población – y no las “leyes de mercado” o un Buró Político autoritario- decidan, en un proceso de planificación democrática, las prioridades y las inversiones.Esta transición conduciría no sólo a un nuevo modo de producción y a una sociedad más igualitaria, más solidaría y más democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización ecosocialista más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente inducidos por la publicidad, y de la producción al infinito de mercancías inútiles.
Podríamos quedarnos sólo en eso, pero seremos criticados como utópicos, los utópicos son aquellos que presentan una bella perspectiva del futuro, y la imagen de otra sociedad, lo que es obviamente necesario, pero no es suficiente. El ecosocialismo no es sólo la perspectiva de una nueva civilización, una civilización de la solidaridad- en el sentido profundo de la palabra, solidaridad entre los humanos, pero también con la naturaleza-, es también una estrategia de lucha, desde ya, aquí y ahora. No vamos a esperar hasta el día en que el mundo se transforme, no, nosotros vamos a comenzar desde ya, ahora, a luchar por esos objetivos.
Así, el ecosocialismo es también una estrategia de convergencia de las luchas sociales y ambientales, de las luchas de clases y de las luchas ecológicas, contra el enemigo común que son las políticas neoliberales, la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el imperialismo americano y el capitalismo global. Este es el enemigo común de los dos movimientos, el movimiento ambiental y el movimiento social. No se trata de una abstracción.
Contrario a lo que muchos quisieran, la crisis ecológica actual es un problema de lucha de clases, pues la dinámica que ha producido esta catástrofe es el resultado de una estructura social en donde las minorías deciden cómo es que se gestiona la industria y en general la producción social en función de interés privados, por eso nuestras estrategias de lucha deben tener presente este aspecto.
La crisis de civilización, dentro de la cual el problema ecológico es central, debe solucionarse a favor de las mayorías y de la vida en el planeta, pero esto no podrá ocurrir sin la organización y la acción política de las clases subalternas. Una respuesta popular a los conflictos globales de la humanidad sólo podrá articularse mediante una sólida acción política por parte de las mayorías, que pretenda no sólo resistir sino avanzar en la construcción de otra sociedad y de otra forma de relacionarnos con la naturaleza.Hasta ahora las experiencias de lucha son invaluables. Frente a la ofensiva depredadora del capital hemos asistido al nacimiento de distintas muestras de resistencia fundamentadas en la organización popular. No debemos perder de vista que la lucha ecológica ha logrado consolidarse gracias a su amplitud y pluralidad, en donde se mezclan y entrecruzan distintas concepciones y prácticas culturales de los distintos pueblos del mundo.
La experiencia de la lucha indígena en América Latina es uno de los ejemplos más avanzados. En Bolivia, por ejemplo, desde hace años miles de indígenas lograron irrumpir en la escena política en defensa de las condiciones sociales, la preservación del territorio y la conservación de los recursos. Esta lucha ha logrado evolucionar hasta cuestionar los fundamentos sobre los cuales el Estado está organizado en su país, exigiendo su refundación partiendo del reconocimiento a los diversos grupos indígenas y procurando la conservación de la naturaleza.
En América Latina la lucha ecológica de los campesinos e indígenas, en donde también han participado de manera protagónica estudiantes, mujeres y obreros, se ha convertido rápidamente en una lucha política, de esta manera las luchas por el bienestar comunitario y la lucha por la preservación de los recursos y el respeto a la naturaleza son simultáneas e indisolubles.
La crisis ecológica actual, agudizada por el estallido económico de 2008, ha precipitado las condiciones de lucha política, revelando la conexión estructural entre el conjunto de problemas sociales a nivel mundial y la lógica de la sociedad capitalista. Las respuestas que demos, en esa medida, deben poseer la fuerza y determinación necesarias para cuestionarlo todo, para enfrentar a los gobiernos del capital y sobrepasarlos con poder popular.
La respuesta de las y los explotados y oprimidos del mundo a la
crisis ecológica ha evolucionado considerablemente.
Muestra de ello, es la reciente Cumbre de los Pueblos
sobre el Cambio Climático y la Defensa de la Madre Tierra realizada en
Cochabamba (Bolivia), con la participación de 30.000 delegados
indígenas, campesinos, sindicales, ecologistas, de América Latina y de
todo el planeta, que denunció claramente al capitalismo como responsable
del calentamiento global; así como la última sesión plenaria de la
Asamblea Nacional de Afectados Ambientales en México, en donde las
conclusiones relacionan directamente la lucha en contra de la
devastación ecológica con la necesidad de luchar por un cambio social.
Las luchas sociales en contra de la crisis ecológica del capitalismo, a
nivel mundial, confirman que una lucha coherentemente ecológica es
consecuentemente una lucha anticapitalista, una lucha por una revolución
social.
Como estas, hay muchas otras luchas, sea en Francia, India o
México y en otros países del mundo entero, en donde cada vez más se da
esa convergencia. Pero ella no ocurre espontáneamente, tiene que ser
organizada conscientemente por los militantes, por las organizaciones.
Es necesario construir una estrategia de lucha que
haga converger a las luchas sociales con las luchas ecológicas. Esta nos
parece ser la respuesta al desafío, la perspectiva radical de una
transformación revolucionaria de la sociedad más allá del capitalismo.
Sabiendo que el capitalismo no va a desaparecer como víctima de sus
contradicciones, como dicen algunos supuestos marxistas, ya un gran
pensador marxista de comienzos del siglo XX, Walter Benjamin, decía que,
si tenemos una lección que aprender es que el capitalismo no va a morir
de muerte natural, será necesario acabar con él…Necesitamos de una
perspectiva de lucha contra el capitalismo, de un paradigma de
civilización alternativo, y de una estrategia de convergencia de las
luchas sociales y ambientales, desde ahora plantando las semillas de esa
nueva sociedad, de ese futuro, plantando semillas del ecosocialismo.
Análisis para superar decadencia de las izquierdas partidarias.
¿Tendencias en el
nuevo tiempo político en América Latina?
Crisis de
la
civilización petrolera, extractivismo predatorio y
política del saqueo
14 de agosto de 2019
Por Emiliano Teran Mantovani (Rebelión)
I. Nueva
fase del extractivismo y la oleada de acumulación por desposesión
Del llamado ‘neo-extractivismo
progresista’ en Venezuela apenas queda hoy una burda y vacía retórica
‘revolucionaria’, que desborda un cinismo escalofriante. En esta ruta al
desastre que hemos transitado en el país, lo que viene emergiendo es un nuevo
escenario del extractivismo, sui generis, uno de carácter absolutamente
predatorio que difícilmente pueda ser entendido sólo bajo los códigos
reduccionistas de la polarización, o bien de la puesta en escena y la retórica
de los principales líderes político-partidistas.
Su
contexto inmediato: la maduración de la Gran Crisis venezolana (2013-2019), atravesada
por intensas luchas por el poder (en sus múltiples escalas), un aumento de la
internacionalización del conflicto político, una desestructuración de la
economía (formal) nacional, y un peligroso proceso de descomposición de la
política que no sólo impulsa una significativa fuerza derechizante, sino
también una mafización (o gangsterización) de la misma.
Pero no se confunda. A pesar de lo revuelto y movido del escenario, aquí hay una política. El conjunto de grupos y actores que disputan la gestión y participación en el extractivismo, sean actores provenientes de la esfera estatal (en sus diferentes facciones), de los grupos políticos de oposición, de grandes y medianas potencias internacionales, de grupos armados irregulares y criminales, entre otros, se orientan y operan fundamentalmente a partir de una política del saqueo. Esta, sea porque representa el mecanismo esencial de la acción, o porque se produce como una forma de aprovechar la vorágine dominante –lo que a su vez profundiza la crisis y los factores causantes del conflicto–, es la política compartida de los actores en disputa, y formatea el nuevo escenario del extractivismo en el país.
Esto tiene implicaciones tremendas, en la medida en que la geografía venezolana va siendo atravesada por las lógicas de las violentas economías de enclave, por lo que presenciamos la formación de un extractivismo de trincheras, de posiciones, de feudos, en el cual grupos del sector militar, gobiernos locales (alcaldías, gobernaciones, etc.), la criminalidad organizada, grupos armados para-estatales de diverso proceder (nacional e internacional), conforman poderes particulares (dependiendo del territorio donde se desenvuelvan) y tienen como botín los recursos, los territorios y la población.
El trasfondo esencial de esta situación es el impulso de una gran ola de acumulación por desposesión de alcance nacional, que está pulverizando el ya vulnerado estado de derecho y provoca que el muy heterogéneo y fragmentado campo de resistencias, contestaciones y luchas populares ante el expolio, sea atravesado por lógicas de guerra. Es en este sentido que hablamos de un extractivismo predatorio.
II. Rasgos del extractivismo predatorio
Política de Estado y estado de la política
No existe ninguna disputa entre demonios y redentores en Venezuela. En este escenario, todos los grupos de poder en pugna son diferentes expresiones de un voraz neo-colonialismo sobre
Esta política de Estado se configura hoy como un régimen de apropiación/extracción, gobernabilidad y territorialización basado en un estado de excepción (jurídico y de facto) de perfil primordialmente militar, que se organiza en torno a la hexada: reformismo neoliberal autoritario / violencia exacerbada / des-territorializaciones / minerías / despojo generalizado / administración de la precariedad.
El dramático colapso de la industria y de la renta petrolera, así como del Petro-Estado, junto a la descomunal corrupción, las tensiones políticas internas y los efectos de las sanciones impuestas por el Gobierno de los Estados Unidos (principalmente desde 2017), han fragmentado el extractivismo en el país, promoviendo una multiplicación de operaciones de extracción y despojo, en las cuales prevalece la minería como una actividad fundamental para la reproducción de estructuras de poder local y nacional.
Convertir a Venezuela en una mina
Esta situación determina esta política de Estado, la cual se expresa tanto en la programática formal del Gobierno de Maduro, como en la proliferación de minas irregulares que sostienen poderes locales vinculados a militares, gobernadores, alcaldes o funcionarios corruptos de alto nivel.
Respecto a lo primero, el Gobierno de Maduro ha insistido en la depredadora opción minera como la supuesta vía para ‘salir de la crisis’ y ‘diversificar la economía’. Dicha opción, que en un principio se orientaba al mega-proyecto del Arco Minero del Orinoco, se presenta en la actualidad como un más amplio y definido mapa minero (extracción metálica y no metálica), que ofrece al expolio prácticamente todo el territorio nacional.
Sobre esto destaca la presentación en junio de 2019 del ‘Plan Minero Nacional 2019-2025’, que sistematiza, como nunca, la meta de recuperar y aumentar la “producción” a su ‘máxima capacidad’ de cuanto emprendimiento minero haya disponible en el país (oro, diamante, hierro, carbón, níquel, coltán, fosfato, feldespato, bauxita, mármol, granito, caliza, entre otros). Esto se da en el marco de una progresiva radicalización neoliberal (la que hemos llamado ‘El Largo Viraje’ 2014-2019) que desregula, flexibiliza y adapta crecientemente al país a las lógicas de ajuste y a los requerimientos de las corporaciones transnacionales.
Pero esta programática es apenas la fachada normativa y pseudo-institucional que busca recuperar y re-centralizar algunas rentas y excedentes que puedan oxigenar las precarizadas arcas gestionadas por el Poder Ejecutivo, mientras que se presenta una vitrina minera para ahora sí ofrecer las verdaderas ‘oportunidades de negocios’ para el capital transnacional (Plan Minero dixit). Detrás de esta fachada se revela el que es hoy, el extractivismo realmente existente: se multiplican minas y operaciones de extracción a lo largo y ancho de toda la geografía nacional, extracciones absolutamente arbitrarias, irregulares, atravesadas por la corrupción, el pillaje y
El asalto a la tierra/territorio y la política del más fuerte
Sin embargo, y como ya mencionamos, no se trata sólo de la apropiación minera. La política del saqueo es integral en la medida en la que se orienta, por un lado, de acuerdo al valor y la vocación que puedan tener las tierras (agrícola, maderera, ganadera, turística, etc); y por el otro, al control y dominio territorial. Ambos factores (tierra/territorio) están políticamente entrelazados. Esto nos señala al menos tres cosas fundamentales e interrelacionadas que vale la pena destacar:
a) esta política constituye el marco de la violenta arremetida de persecución y despojo sistemático de tierras que se está produciendo en la actualidad contra los campesinos del país, con el fin de favorecer a viejos y nuevos latifundistas.
b) ante el colapso de la renta petrolera, es importante insistir en que el conflicto no se define simplemente por los recursos y el saqueo per se, sino fundamentalmente por una política que busca establecer un modo de gobernanza configurado en torno a estas lógicas del pillaje. Esto implica que para los actores que persiguen la hegemonía, no basta la apropiación económica, si no se establece el régimen de dominación política. Todo esto revela la necesidad por parte de estos actores de asentar geográficamente el poder y, por tanto, muestra el trasfondo de disputas por los territorios;
c) ante la debilidad del Estado venezolano, esta fase predatoria del extractivismo está siendo determinada por las lógicas de la imposición del más fuerte, lo que configura a su vez un escenario abierto de conflicto, determinado en muy buena medida por lógicas de guerra. Esto es muy significativo porque hace que, de hecho, el punto de partida de la política sea la extra-legalidad,
Violencia sistemática en expansión y federación del saqueo
En esta fase predatoria del extractivismo en Venezuela, la violencia juega un rol central. Es la mediación política principal. Violencia exacerbada, masiva, sistemática. Violencia acompasada con los nuevos tiempos para América Latina y las crecientes tensiones geopolíticas. Violencia transversal, que determina tanto la política de Estado como el estado de la política.
El Gobierno de Maduro escala cada vez más en el despliegue cuantitativo y cualitativo de
El FAES (iniciales de Fuerzas de Acciones Especiales) está siendo empleado para numerosas operaciones de contención de la protesta en el país, por medio de procedimientos militares y actuando como un ejército de ocupación, con formatos de ataque letal mediante los cuales realizan ejecuciones extrajudiciales. Estos cuerpos de seguridad no distinguen si sus objetivos son ‘opositores’ al gobierno o chavistas que lo apoyan, como se dio con el desalojo violento de campesinos chavistas que intentaban recuperar sus tierras en el estado Guárico y la retención del vocero campesino Jesús Osorio. Por otro lado, el papel de los grupos armados para-estatales, que pueden ser provenientes de organizaciones políticas, funcionarios vestidos de civil, hampa, policías, entre otros, ha sido primordialmente de amedrentamiento en las protestas de diverso tipo que se dan contra el gobierno.
El resultado de esto ha supuesto un acorralamiento de la ciudadanía y las organizaciones de base que protestan no sólo antes las muy precarias condiciones de vida actuales, sino también para aquellos que resisten a esta política del saqueo. Ejemplos de ello lo conseguimos en las resistencias del pueblo indígena pemón por la autodeterminación en sus territorios, con la consiguiente respuesta gubernamental de militarización, amedrentamiento, torturas, tratos crueles y degradantes e incluso el asesinato de integrantes de este pueblo; en la situación de acoso y criminalización que, sea por acción u omisión, se produce contra las comunidades yukpa familiares de Sabino Romero y Carmen Fernández; en la criminalización del movimiento campesino por parte de voceros gubernamentales; o en la voraz cooptación de comunidades indígenas para que aprueben el Arco Minero del Orinoco, aprovechando su muy precaria situación humanitaria; entre otros.
Pero como ya se ha dicho, todo esto se solapa con la violencia generada desde los actores que operan más allá del régimen formal: bandas criminales locales controlan, con formas de violencia extrema, buena parte de las minas de oro del sur venezolano; grupos armados vinculados a los poderes del latifundio son señalados por las organizaciones campesinas como los responsables del asesinato de decenas de sus integrantes; disidentes provenientes de las FARC penetran territorios venezolanos, dedicándose a actividades delictivas; del mismo modo,integrantes del ELN operan en territorio nacional, incluyendo en las minas; paramilitarismo colombiano ejerce la fuerza en numerosos territorios fronterizos del país, interesados tanto en el contrabando transfronterizo, como en el posicionamiento colombiano/estadounidense en territorio venezolano; y diferentes formas del crimen organizado transnacional y el narcotráfico, siendo este último el encargado de mantener y controlar las rutas de tránsito de la droga hasta los puntos de desembarco regional.
Cabe destacar que, el contrabando transfronterizo es muy significativo (principalmente hacia Colombia) y que fomenta que los commodities extraídos en Venezuela (madera, gasolina, cultivos como la palma aceitera, especies protegidas, etc.) sean mejor vendidos en el país vecino, dado las enormes diferencias existentes entre el valor del bolívar y el peso colombiano (o el dólar).
Sobre todo lo dicho, es fundamental destacar al menos tres cosas:
Una, que si bien muchos de estos grupos están en confrontación y rivalizan entre ellos, otros más se articulan y cooperan mutuamente en pro de intereses particulares. Esto hace estallar la limitada interpretación de la polarización política que sólo ve disputas entre chavistas y opositores, o bien entre Venezuela y el Imperio estadounidense. El entramado del conflictivo escenario político venezolano es mucho más complejo y movible que eso.
Dos, que la frontera entre lo legal y lo ilegal, entre lo formal y lo informal, se ha hecho en extremo borrosa, y antes que ser sólo una condición anormal, se ha vuelto
Tres, que estas dinámicas descritas son multi-escalares, fluidas y transfronterizas, en la cuales, las disputas territoriales e intereses locales, que tienen sus propias particularidades, dinámicas y tiempos, se articulan con poderes de más amplia escala, como los gobiernos locales o regionales, el Poder central estatal, las corporaciones transnacionales, las potencias imperiales, los mercados y rutas transfronterizas, el crimen organizado transnacionalizado, entre otros.
En el caso venezolano, la precariedad estatal y la diversidad de actores en disputa ha configurado un mapa de coaliciones de poder que, por un lado establece regímenes locales basados en concesiones otorgadas ‘desde arriba’, que sostienen la política del despojo; y por otro lado, conforma canales entre poderes que permite cierta transmisión de riqueza y poder hacia los precarizados mandos centrales o esferas de poder más altas. Todo esto ha generado la formación de una especie de federación del saqueo.
III. ¿Qué nos muestra Venezuela de este nuevo tiempo político en América Latina y el Caribe?
La derechización del Gobierno bolivariano y los lastres de la izquierda
El devenir del proceso bolivariano nos ha llevado hasta este desastre que se vive en el país, hasta este largo laberinto del cual aún se busca desesperadamente una salida. Así como es indiscutible que este ha sido un proceso muy conflictivo y que este terrible resultado ha sido también construido por otros actores políticos a parte del Gobierno bolivariano (poderes económicos locales tradicionales, partidos políticos de oposición nacional, derechas regionales, política exterior estadounidense, grandes capitales financieros transnacionales, etc.), del mismo modo es indiscutible que ha sido el propio Gobierno el principal responsable de esta situación, allanándose el camino a ella incluso desde el período de Chávez.
No es posible eximirlo de este desastre, como tratan algunos. Pero incluso hay que señalar algo aún más grave: en el período de
En el marco del proceso de descomposición política y derechización del Gobierno bolivariano, antes que poner en primer lugar la solución de la crisis, se ha priorizado el mantenimiento del poder a toda costa, por lo que se fue reorganizando conscientemente el extractivismo hacia esta forma predatoria, administrando la sociedad desde la precariedad y el estado de excepción militarista, con un alto componente criminal.
El actual Gobierno de Maduro es absolutamente funcional al capital foráneo y la apertura de nuevos procesos de re-colonización, principalmente vinculados a China y Rusia, lo que no es del agrado del Gobierno de los Estados Unidos, que considera a Venezuela como parte de su patio trasero.
El caso de Venezuela ha sido muy sensible para las izquierdas en el mundo, para sus agendas, su legitimidad y reputación, que hoy se encuentran en un proceso de reflujo y estancamiento, mientras sectores de derecha y extrema derecha han crecido en
La segunda, y en relación a lo anterior, nos muestra que parte de las izquierdas no han sabido hasta hoy rechazar a un Imperio criminal como el de los Estados Unidos (y sus aliados), sin terminar dando sostén a un gobierno autoritario que, en nombre del ‘socialismo’ y la ‘revolución’, impulsa políticas neoliberales, saquea el país, favorece al capital transnacional, mientras persigue trabajadores, indígenas y campesinos. Los pueblos, en sus luchas concretas y anhelos emancipatorios, sencilla y lamentablemente no tienen sólo un enemigo.
Venezuela es un síntoma del nuevo tiempo latinoamericano
Pero, además de los debates en la izquierda ¿qué nos dice Venezuela de este nuevo tiempo político en América Latina y el Caribe? Una de las grandes preguntas que surgen es si esta fase predatoria del extractivismo es sólo la expresión de una crisis localizada y coyuntural, o si bien revela los factores constitutivos de un nuevo período histórico que se despliega en el siglo XXI.
Venezuela podría también ser vista, tal vez, como la más clara expresión de la crisis de la civilización petrolera. Si se quiere, también evidencia muy bien los probables escenarios (ya no tan futuros) del antropoceno: colapso energético, caos sistémico, migraciones masivas, disputas por los recursos, etc. Luego, podemos analizar en detalle la especificidad latinoamericana, y advertimos que en Venezuela lo que colapsa es precisamente una sociedad basada, con un alto sesgo, en el modelo extractivista/rentista/dependiente y lo que estallan son las contradicciones sociales, económicas, culturales, geográficas y políticas propias de nuestras sociedades periféricas (como la dependencia alimentaria, las desigualdades y marginación social, fuerte informalización de la economía, violencia endémica, expansión de la criminalidad, entre otras).
Esto nos remite a pensar en dos factores:
- Uno, ante la intensificación histórica de las contradicciones inherentes de nuestras sociedades, es necesario resaltar la inviabilidad de las economías dependientes y de cómo la apuesta extractivista/rentista es más riesgosa y nos va a salir cada vez más cara.
- Dos, ya es por tanto, una cuestión de sobrevivencia comenzar un tránsito post-extractivista y post-capitalista en la región, que incluya además elementos de adaptación y resiliencia ante los tiempos por venir (ej. el cambio climático). Lamentablemente, caminamos en sentido contrario.
Otro elemento a evaluar es el problema de
Así que, hay muchas más cosas que mirar además de los gobiernos, partidos y líderes políticos, cuando se trata de reflexionar sobre este nuevo tiempo en
¿Cómo nos enfrentamos a esto? Pueblos en movimiento, nuevas subjetividades y el horizonte de lo común en tiempos de tormenta
El escenario, como ya se evidencia, es bastante complejo y las preguntas son mucho más numerosas que las respuestas. Pero en todo caso, no nos conviene mirar solamente lo que domina, lo que agrede, lo que amenaza. Este nuevo tiempo político no lo define únicamente la violenta derechización. Hay que resaltar también aquello que se opone, que re-existe, que construye alternativas, que las transita en el ahora (por tanto, hablamos de cosas que van mucho más allá de los partidos de izquierda, o de si Cristina va a volver o no en Argentina).
El contagioso movimiento de mujeres que crece en varios rincones de la región; los ya numerosos procesos de consultas populares en Colombia (que se replicaron reciente y exitosamente en Ecuador); el movimiento campesino, las movilizaciones estudiantiles y la Minga indígena del Cauca, nuevamente en Colombia; los movimientos urbanos en Brasil (como el Movimiento Pase Libre); las múltiples movilizaciones y organizaciones sociales que han logrado neutralizar el conjunto de proyectos mineros en el Perú; el movimiento mapuche de recuperación de tierras, en Temuco (Chile); o
Pero además de ellos, emergen también múltiples formas de descontento, de rebeldía, de solidaridades en red, que tienen otros tiempos, otros códigos, otras definiciones. ¿Qué sujetos, qué potencialidades surgen de las sostenidas protestas que se desarrollan en Honduras al menos desde 2017? ¿Qué nuevas subjetividades aparecen de las protestas contra Daniel Ortega en Nicaragua? ¿Qué otras de las movilizaciones que derrocaron a Ricardo Roselló en Puerto Rico? ¿O qué podría emerger de un cierto desgaste de la polarización política en Venezuela, que ha abierto el camino a que actores políticos y organizaciones comiencen a establecer canales, puentes y alianzas para salir de la crisis?
Lo cierto es que existen nuevas subjetividades, otras formas de politicidad, expresiones de solidaridad que son más movibles que estables, que parecen no tener la ‘forma’ esperada y una más clara ‘definición ideológica’ para algunas izquierdas, por lo que no son consideradas como sujetos ‘válidos’ para una potencial transformación emancipatoria. El debate sobre el movimiento de los ‘Chalecos Amarillos’ en Francia ha expresado estas tensiones. Por otro lado, existen también contradicciones que, con la agudización de la crisis, se intensifican en el seno de las organizaciones sociales, lo que también se presenta como una tensión en la valoración sobre las potencialidades emancipatorias. Por ejemplo, numerosas comunidades del pueblo indígena pemón, en el sur de Venezuela, ha luchado férreamente por el derecho a la autodeterminación en sus territorios ancestrales. Mediante su lucha han logrado desplazar a bandas criminales y militares corruptos que en sus territorios practicaban la minería ilegal de oro. En su lugar, han ocupado las minas y reiniciado la actividad minera, con motobombas y mercurio, ahora para el usufructo de sus comunidades. Varias organizaciones sociales que acompañan a los pueblos indígenas los han apoyado.
Lo esencial de esta discusión es no sólo reconocer que el campo popular es contradictorio e híbrido, y probablemente lo sea cada vez más, sino que el propio antagonismo está en disputa (y en dicha disputa participan inclusive las derechas). Estas nuevas potencialidades, ¿a qué proyecto pueden tributar? ¿Es viable hoy un gran programa emancipatorio en el que confluya la enorme heterogeneidad de subjetividades que buscan un cambio? A parte de esta última gran pregunta, es claro que entre los retos fundamentales siguen estando las posibilidades de una articulación amplia en la diversidad, que logre sumar fuerzas lo suficientes para enfrentar tanto las fuerzas políticas conservadoras/reaccionarias como el sistema económico global, que funciona en múltiple escalas.
Lo único que nos queda es lo común: nuestra casa común, que abriga y envuelve la vida que nos hermana; nuestras memorias ancestrales, nuestro hacer para la reproducción de la vida, que sólo es posible, en su esencia socio-ecológica, si se construyen en colectivo. Si la depredación capitalista se radicaliza, parece necesario radicalizar la apuesta por lo común. Defendiendo lo común existente, las últimas fronteras materiales, culturales y espirituales de los pueblos; y retejer incesantemente en todo lo que ha sido desgarrado por esta lógica civilizatoria, pero también en todo lo nuevo que emerge, que es fluido, contradictorio, maleable, que migra y es nómada.
Si la palabra democracia aún tiene sentido, todo impulso emancipatorio ante y contra la hidra capitalista tiene que ser por más democracia, nunca por menos. Siempre más, más democracia.
* Emiliano
Teran Mantovani es sociólogo venezolano, miembro del Observatorio de Ecología
Política de Venezuela e investigador asociado del Centro de Estudios del
Desarrollo (Cendes – Universidad Central de Venezuela).
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=259325
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