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18 de mayo de 2020

Disputas de territorios y trabajos hacia agroecología

Partamos del acuerdo mayoritario: 
"acerca de la necesidad de encaminarnos como humanidad a una relación más saludable con la naturaleza, y en la necesidad de realizar cambios en la manera de producir nuestros alimentos para evitar futuras y próximas catástrofes civilizatorias. Prácticamente desde todos los sectores, sean de izquierda, liberales o ideologías alternativas, se habla de sustentabilidad y de producción sustentable. La humanidad, para evitar una catástrofe civilizatoria, debe encaminarse urgentemente hacia la construcción de una relación armoniosa con la naturaleza. En este debate, uno de los modelos que han estado en el centro de la reflexión ha sido la agroecología. Se trata, de forma resumida, de un sistema de producción de alimentos que busca integrar de manera armónica el proceso productivo con el entorno ecológico, valorando todos los elementos naturales y biológicos intervinientes en el mismo. Un sistema de producción que, en lugar de ser invasivo del ambiente natural, se integra a él".
"Para lograr reconvertir nuestra matriz agrícola al modelo agroecológico, deberíamos llevar adelante una verdadera revolución productiva, y también económica
Nos encontramos por lo tanto encerrados en una trampa de la que no es posible salir dentro del sistema capitalista".
"La única alternativa para evitar una catástrofe civilizatoria en el mediano (o en el corto) plazo, es comenzar a construir de manera urgente un sistema global de producción de alimentos integrado a la naturaleza y dirigido al bien social. Lo que implica necesariamente un profundo plan de transición que debe desarrollarse democráticamente y desde abajo, con el protagonismo de los colectivos y asociaciones campesinas, la población rural y la sociedad organizada".

Es asumir la «soberanía alimentaria» como fue definida por la Vía Campesina. En 1996 la contrapuso a la seguridad alimentaria de la FAO. Y la enfocó con base y motor en la «reforma agraria Integral»  que, en la actualidad, debe ser: anticapitalista, antiimperialista, antirracista, antipatrialcal y decolonial. Avizorémosla como poder de los pueblos arraigado en comunalidades territoriales y laborales con unión plurinacional e internacionalista revolucionaria.


La agroecología sólo 

podrá expandirse

superando el capitalismo

15 de mayo de 2020

Por Santiago Clement

La izquierda diario
La crisis desatada por el Coronavirus, deja al descubierto la necesidad de una transformación radical en el modo de producir alimentos y de relacionarnos con la naturaleza. Hacia un sistema productivo agroecológico.
Desde que se desató la crisis global de la pandemia, el debate acerca de la relación del hombre con la naturaleza, y del efecto catastrófico que nuestra civilización globalizada ha venido ejerciendo sobre el medio ambiente, se ha expandido y profundizado. Se han publicado en los últimos tiempos numerosos trabajos y artículos que exponen la manera en que el avance del hombre por sobre la naturaleza y la producción animal en confinamiento a gran escala, provocan o favorecen la aparición de epidemias y pandemias (consultar Rob Wallace, David Harvey, Mike Davis, Silvia Ribeiro, John Vidal entre otros), e incluso se propone que estas podrían ser las causas de la atroz pandemia que estamos sufriendo.
Hay un acuerdo muy mayoritario entre la población mundial y en el ámbito científico (en este casi unánime) acerca de la necesidad de encaminarnos como humanidad a una relación más saludable con la naturaleza, y en la necesidad de realizar cambios en la manera de producir nuestros alimentos para evitar futuras y próximas catástrofes civilizatorias. Prácticamente desde todos los sectores, sean de izquierda, liberales o ideologías alternativas, se habla de sustentabilidad y de producción sustentable. La humanidad, para evitar una catástrofe civilizatoria, debe encaminarse urgentemente hacia la construcción de una relación armoniosa con la naturaleza. En este debate, uno de los modelos que han estado en el centro de la reflexión ha sido la agroecología. Se trata, de forma resumida, de un sistema de producción de alimentos que busca integrar de manera armónica el proceso productivo con el entorno ecológico, valorando todos los elementos naturales y biológicos intervinientes en el mismo. Un sistema de producción que, en lugar de ser invasivo del ambiente natural, se integra a él.
El modelo agroecológico viene siendo promovido desde hace décadas, con muy importantes experiencias en diversos países (puede consultarse el programa Zonas Agroecológicas Mundiales “ZAE” de la FAO). En nuestro país, de hecho, se anunció, poco tiempo antes del estallido de la pandemia, la creación de una “Dirección Nacional de Agroecología”. Sin embargo, la realidad es que el sistema productivo mundial y el sistema productivo de nuestro país se encuentran enormemente alejados del modelo agroecológico. Por lo contrario, si se analizan las últimas cuatro o cinco décadas, se revela que el modelo productivo que se viene impulsando ha venido siendo, en lugar de más amigable, cada vez más destructivo con el ambiente, derivando en la pérdida de grandes nichos ecológicos por causa del desmonte, de incendios, contribuyendo al calentamiento global por el uso de combustibles fósiles y la cría de ganado rumiante y provocando diversas catástrofes, entre ellas, quizás, la que estamos sufriendo con la actual pandemia.
La humanidad, para evitar una catástrofe civilizatoria, debe encaminarse urgentemente hacia la construcción de una relación armoniosa con la naturaleza. En este debate, uno de los modelos que han estado en el centro de la reflexión ha sido la agroecología. Se trata, de forma resumida, de un sistema de producción de alimentos que busca integrar de manera armónica el proceso productivo con el entorno ecológico
El Green New Deal y la lógica del capital
Cabe entonces hacerse esta pregunta; ¿es posible la expansión de la agroecología cuando la producción de alimentos está sujeta a las reglas del mercado capitalista y los alimentos son considerados antes una mercancía que un bien social?, ¿Puede expandirse la agroecología si los alimentos continúan siendo una mercancía regida por la lógica del sistema capitalista?
Hay sectores de la población, líderes y gobernantes que proponen la realización de un “pacto social” para que el capitalismo se vuelva “verde” o “sustentable”; esto se expresa en el llamado “Green New Deal”. Los defensores de esta estrategia, manifiestan la necesidad de promover o implementar una serie de regulaciones ambientales y se apoyan, entre otras cosas, en la idea de que el modelo de producción agroecológico puede ser más rentable que el modelo convencional con el que se produce actualmente. Es decir, que se lograría a la vez, en teoría, un beneficio ambiental y un beneficio económico. Es cierto que el modelo convencional, al ser destructivo de la naturaleza, sería, efectivamente, menos rentable a largo plazo que cualquier otro modelo que sea más amigable con el ambiente, puesto que si se destruye el ambiente necesario para producir luego ya no se puede producir y por lo tanto no se genera ninguna rentabilidad.
Sin embargo, la realidad es que los requerimientos de la producción agroecológica se encuentran contrapuestos a los requerimientos del capital; se trata de dos modelos que se hayan en oposición, en constante tensión. La única manera de que la agroecología se adopte de manera global como modelo de producción (es decir, la única manera de establecer un sistema productivo verdaderamente sustentable, en armonía con la naturaleza), es haciendo que la producción de alimentos deje de estar determinada por la lógica del mercado capitalista; es decir, aboliendo la esencia mercantil de los alimentos e instituyéndolos como un bien social, e instituyendo a la producción de alimentos como un servicio para la sociedad (en armonía con la naturaleza), en lugar de continuar desarrollándola como una actividad lucrativa. No se trata de hallar las condiciones para que la producción agroecológica sea rentable, sino de producir en base a las necesidades de la humanidad y del planeta. La salud de la humanidad y de la naturaleza, no pueden seguir supeditadas a la rentabilidad y a las necesidades del capital.
¿Es posible la expansión de la agroecología cuando la producción de alimentos está sujeta a las reglas del mercado capitalista y los alimentos son considerados antes una mercancía que un bien social?
El panorama local
En nuestro país, la producción de sólo 4 cultivos (soja, maíz, trigo, girasol), ocupa, según las estadísticas del Ministerio de Agricultura Ganadería y Pesca de la Nación para la campaña 2018/2019, unos 29,2 millones de has., lo que representa aproximadamente el 72% de la superficie cultivable total del país (que es de cerca de 40 millones de has.). Se sembraron en dicha campaña 12 millones de has. de soja (“de primera”), 9 millones de has. de maíz, 6,3 millones de has. de trigo, y 1,9 millones de has de girasol, más 5 millones de has de soja “de segunda” (es decir, sembrada en una misma superficie luego de la cosecha de otro cultivo, principalmente trigo). El 70% de la producción de soja y maíz (79 millones de tn –entre granos y sus derivados como pellet o aceite- en la campaña 2018/2019), fue exportada para ser utilizada en su mayoría como alimento en la producción de carne, generalmente en confinamiento a gran escala (producción porcina, aviar, bobina). Es decir que gran parte la superficie cultivable de nuestro país (llegaría al 60% sumando soja y maíz), está destinada a la producción de un insumo (alimento animal) del sistema productivo que es causante de la aparición periódica de epidemias globales y, quizás, que es responsable de la actual pandemia. Algunos defensores de aquella idea del “capitalismo verde” o de un Green New Deal local, proponen reconvertir la producción de soja y maíz al modelo agroecológico, algo que, en definitiva, terminaría siendo por completo contradictorio si esa soja y ese maíz son luego destinados a la producción masiva de carne en confinamiento. Respecto al trigo y al girasol (8,2 millones de has, o el 20% de la superficie cultivada total) son destinados en gran parte a la alimentación humana (harinas, aceites). Sin embargo, su actual modelo productivo se sostiene en la adopción de un paquete tecnológico que se encuentra muy alejado del modelo agroecológico (alta dependencia del uso de agroquímicos y de maquinaria de combustión a gasoil y uniformidad genética y varietal).
Es así que la enorme superficie cultivable de nuestro país, es cultivada bajo un modelo que se encuentra sumamente alejado de los requerimientos de la agroecología (es decir, de los requerimientos del cuidado ambiental). Uno de los pilares de la agroecología es la diversidad genética de los cultivos, pero la realidad nos muestra que más del 70% de la superficie cultivable del país es utilizada de manera sistemática (con algún período eventual de rotación), para sólo 4 cultivos. Y para colmo, la mayor parte de lo cosechado se destina, en última instancia, a la producción de carne en confinamiento a gran escala, una actividad destructiva y peligrosa para la salud global.
Si tomamos entonces por caso nuestro país (uno de los principales productores de alimentos del mundo), nos daremos cuenta de que, para lograr reconvertir nuestra matriz agrícola al modelo agroecológico, debiéramos llevar adelante una verdadera revolución productiva, y también económica, ya que gran parte de la economía de nuestro país se sostiene, efectivamente, en la producción de estos 4 cultivos. ¿Sería acaso posible concretar esta transformación radical sin romper con el sistema de producción capitalista, por más modificaciones y regulaciones que se implementen y por más “Green New Deal” que se ensaye?
Para lograr reconvertir nuestra matriz agrícola al modelo agroecológico, deberíamos llevar adelante una verdadera revolución productiva, y también económica
Nos encontramos por lo tanto encerrados en una trampa de la que no es posible salir dentro del sistema capitalista. Los intentos de expandir la agroecología sin atacar la raíz del problema (el hecho de que la producción de alimentos sea una actividad que persiga el lucro en lugar de perseguir el bien social, la salud y el cuidado de la naturaleza), chocarán frontalmente con esta realidad: los requerimientos del capital son contrarios a los de la ecología. La creación de direcciones nacionales de agroecología o la instauración de un “Green new deal” que promuevan maneras más amigables de producción pero que busquen a su vez conciliar los intereses del capital, serán acciones por completo ineficaces para lograr el objetivo colosal que se requiere, la instauración de un sistema nacional (y mundial) de producción de alimentos integrado a la naturaleza y que proteja la salud global. Esto, a su vez, requeriría un cambio profundo no sólo en el modo de producción sino en el régimen de tenencia y utilización de la tierra, su socialización y democratización de su uso y protección.
La actual crisis que estamos viviendo, nos demuestra que la única alternativa para evitar una catástrofe civilizatoria en el mediano (o en el corto) plazo, es comenzar a construir de manera urgente un sistema global de producción de alimentos integrado a la naturaleza y dirigido al bien social. Lo que implica necesariamente un profundo plan de transición que debe desarrollarse democráticamente y desde abajo, con el protagonismo de los colectivos y asociaciones campesinas, la población rural y la sociedad organizada, que han históricamente luchado en defensa de los derechos de las comunidades y el cuidado de la tierra. Este desafío, además, debemos ponerlo en práctica en un sistema-mundo deteriorado, frágil y que se encuentra sufriendo un proceso de calentamiento global de consecuencias impredecibles. No se trata de la adopción de pequeños cambios progresivos que nos lleven de a poco a lograr un sistema “más amigable” con el ambiente; hace por lo menos un siglo que no venimos precisamente siendo “amigables” con el ambiente. El desafío es inmenso, e implica cambios inmensos y radicales. Se trata de una verdadera revolución ecológica que requiere, entre otras cosas, una condición fundamental, la superación del capitalismo y la construcción de un modelo global alternativo, democrático, centrado en el cuidado del planeta y en el desarrollo de una civilización igualitaria que conviva de manera armónica con la naturaleza.
La única alternativa para evitar una catástrofe civilizatoria en el mediano (o en el corto) plazo, es comenzar a construir de manera urgente un sistema global de producción de alimentos integrado a la naturaleza y dirigido al bien social. Lo que implica necesariamente un profundo plan de transición que debe desarrollarse democráticamente y desde abajo, con el protagonismo de los colectivos y asociaciones campesinas, la población rural y la sociedad organizada.
Notas de interés / Bibliografía:
John Vidal; “Destruction of hábitat and loss of biodiversity are creating the perfect conditions for diseases like Covid-19 to emerge” (2020), disponible en: https://ensia.com/features/covid-19-coronavirus-biodiversity-planetary-health-zoonoses/
Pablo Rivas; “El peligroso vínculo entre destrucción de ecosistemas y enfermedades infecciosas” (2020); disponible en https://www.elsaltodiario.com/biodiversidad/peligroso-vinculo-destruccion-ecosistemas-enfermedades-infecciosas
Entrevista a Rob Wallace; “La responsabilidad de la agroindustria en el Covid-19 y otras enfermedades virales” (por Yaak Pabst (2020), disponible en http://www.biodiversidadla.org/Documentos/La-responsabilidad-de-la-agroindustria-en-el-Covid-19-y-otras-enfermedades-virales
Roberto Andrés; “Menos distopía, más utopía: el Covid-19, el agronegocio y la crisis ecológica global”, visiones de Mike Davis y Robe Wallace, disponible en: https://www.laizquierdadiario.com/Menos-distopia-mas-utopia-el-Covid-19-el-agronegocio-y-la-crisis-ecologica-global
Silvia Ribeiro; “No le echen la culpa al murciélago” (2020); disponible en: https://amp.pagina12.com.ar/256569-no-le-echen-la-culpa-al-murcielago?__twitter_impression=true
Tomas Quindt; “Por qué grandes granjas producen grandes gripes”, apuntes sobre “Big Farms Make Big Flu: Dispatches on infectious disease, agribusiness, and the nature of science” de Rob Wallace (2020). Disponible en http://www.laizquierdadiario.com/Por-que-las-grandes-granjas-producen-grandes-gripes
Santiago Clement. Ingeniero agrónomo (UBA), Msc en viticultura y enología (UNCuyo)

13 de abril de 2020

IV. Covid-19 a causa de agronegocios y usado para estado de excepción

Pronunciamiento reciente del EMVJ

Exigimos el cese inmediato de
la represión policial en 
los barrios pobres del país

En el marco de la cuarentena total impulsada desde el gobierno para garantizar medidas de distanciamiento físico que prevengan el contagio de Virus COVID-19, el despliegue policial en los barrios populares lejos de asegurar la protección de las personas, se ensaña en abusar de lxs más desprotegidxs.
Desde hace días circulan en las redes videos que dan cuenta de la agresión y el abuso policial en dichos barrios. Con la excusa de que buscan asegurar que todxs se queden en sus casas amedrentan a la gente con prácticas que lamentablemente son cotidianas. Hemos visto imágenes de policías disparándole a personas que van al basural a buscar comida, disparos a quienes filman las agresiones policiales, videos de torturas a pibes en la calle, sometimiento a distintos tipos de humillaciones, persecuciones a jóvenes con sus motos, detenciones a mujeres que acompañan a sus madres a hacer una compra, etc. Acciones de las que también es protagonista la gendarmería, fuerza responsable de la desaparición de Santiago Maldonado.
La actual situación de crisis, con una pandemia en desarrollo, no puede ser el contexto para un mayor despliegue de prácticas represivas en los barrios. El gobierno de Alberto Fernández y los distintos gobiernos provinciales son responsables del comportamiento de las fuerzas represivas y de las consecuencias que genera su accionar. Tampoco puede ser el marco para despidos, suspensiones, recortes salariales y cualquier otro tipo de medidas contra los trabajadores, habida cuenta de que ya comenzaron estas prácticas por parte de las empresas a las que el gobierno también debe exigirles la provisión de todo lo necesario para preservar la salud y evitar el contagio de quienes trabajan.
La lucha contra la pandemia no puede sustentarse en el recorte de las libertades democráticas. Nos oponemos al eventual dictado del Estado de sitio y medidas similares.
En un mismo sentido, denunciamos las condiciones de hacinamiento e insalubridad en la que obligan a vivir a las personas privadas de la libertad en las cárceles de todo el país. Esta situación ya llevó a la realización de motines en las prisiones de Coronda y Las Flores (Santa Fe) y Batán (Mar del Plata), con el terrible resultado de 5 presos muertos. Es decir, el número de presos muertos ya es casi igual que el de muertes por el Virus COVID-19 en Argentina. También deben cerrarse de manera permanente todos los prostíbulos distribuidos por el país, garantizando vivienda y alimentación para las víctimas por cooptación y por trata, las mujeres y disidencias en situación de prostitución, para que puedan realizar la cuarentena necesaria y que, al cabo de ésta, tengan recursos para vivir en óptimas condiciones de vida. 
Además, según informó el ministerio de Seguridad, ya hay más de 43.000 personas detenidas en todo el país por aplicación del DNU 297/2020 (41.000 liberadas con causa y 2.262 siguen detenidxs). Estas detenciones tienen un objetivo persecutorio que no tiene ninguna relación con la intención de cuidado social, y llegan a situaciones extremas como el armado de corrales al aire libre para demorar a las personas allí, tal como denunció CORREPI.
Para ser efectiva, la directiva de que las personas se queden en sus casas debe ir acompañada de políticas públicas que garanticen que todxs tengamos una vivienda digna donde vivir y los alimentos e insumos necesarios para afrontar la cuarentena, dejando de pagar la deuda externa y poniendo los recursos en el sistema sanitario de salud y programas sociales que resguarden todo tipo de contingencias. Todos los operativos que tengan por objeto garantizar nuestra seguridad ante la pandemia deben ser dirigidos por autoridades y/o personal sanitario basado en las redes de Atención Primaria de la Salud que existe en todo el país y aplicados por civiles con instrucción sanitaria, bajo ninguna condición con portación de armas.
Las fuerzas de “seguridad” que siguen impunes de todos los crímenes cometidos hasta la fecha, la policía del gatillo fácil, la gendarmería del gendarme carancho y de la desaparición en democracia, no son quienes van a concientizar sobre la necesidad de la solidaridad y el cuidado mutuo.

ENCUENTRO MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA

Buenos Aires, 26 de marzo de 2020.

III. Covid-19 a causa de agronegocios y usado para estado de excepción

Comunicado del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia en repudio a la política de ciberpatrullaje

12 de abril de 2020



BASTA DE REPRESIÓN. NI EN LAS CALLES, NI EN LAS REDES
Desde el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia repudiamos la política de ciberpatrullaje informada por la ministra Frederic en la reunión de la Comisión de Seguridad Interior de la Cámara de Diputados. Con la excusa de medir el “humor social” en el contexto de la bronca popular que crece al calor de la emergencia social y sanitaria, Frederic continúa con las tareas de inteligencia llevadas a cabo en redes sociales que realizaba Patricia Bullrich.
De esta manera, la política represiva del Estado que ha sido el denominador común de todos los gobiernos es desplegada ahora con el pretexto del cumplimiento del aislamiento social obligatorio. La reunión de información sin causa ni orden judicial que la disponga es inteligencia ilegal y está vedada a las fuerzas de seguridad, independientemente de que la información sea de libre acceso. Muchos de los informes de los servicios de inteligencia se arman con recortes de diarios.
El intento de embellecimiento y lavada de cara de las fuerzas represivas del Estado que comenzó con la asignación de tareas de ayuda social a las policías y al Ejército, pronto demostró su verdadero carácter: proliferan a lo largo y ancho de todo el país las denuncias de abusos, amedrentamiento, hostigamiento y atropellos de todo orden por parte de las fuerzas de seguridad contra las y los trabajadores y la juventud. En la provincia de Buenos Aires, se han retenido los documentos de personas detenidas por presunta violación del aislamiento social obligatorio, aún después de liberadas. Días atrás, la policía bonaerense de Kicillof y Berni reprimió a los trabajadores del Frigorífico Penta en la localidad de Bernal, partido de Quilmes, que se encontraban en la puerta de la fábrica exigiendo el cobro de sus salarios.
La orientación del gobierno de Alberto Fernández para enfrentar la pandemia en el marco de la crisis económica que afronta la Argentina es clara. Al mismo tiempo que continúa pagando la deuda externa y se niega a nacionalizar y estatizar el sistema de salud ante la presión del sector de la medicina privada y de la burocracia sindical a cargo de las obras sociales, se conforma un comando unificado de todas las fuerzas de Seguridad en el ámbito de la cartera de la ministra Frederic, que también integran las Fuerzas Armadas.
Le dijimos NO a Macri cuando creó la Policía Metropolitana y puso al frente a Jorge “Fino” Palacios. Le dijimos NO a CFK con las Leyes Antiterroristas; le dijimos NO a Berni con el Proyecto X; le dijimos NO a Bullrich con el Protocolo Antipiquetes; denunciamos la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado por parte de Gendarmería y el asesinato de Rafael Nahuel a manos de Prefectura; rechazamos la doctrina Chocobar y la incorporación de las Taser. Ahora le decimos NO a la ministra Frederic con el ciberespionaje.
Ante la emergencia social y sanitaria reclamamos que se respete el derecho al trabajo y a la salud, el acceso al salario íntegro y a la alimentación del conjunto de las y los trabajadores. Basta de medidas represivas. Para enfrentar la pandemia se requiere una cuarentena sin hambre, sin despidos, sin rebajas salariales y sin represión.
Encuentro Memoria, Verdad y Justicia  
https://www.anred.org/comunicado/comunicado-del-encuentro-memoria-verdad-y-justicia-en-repudio-a-la-politica-de-ciberpatrullaje/

II. Covid-19 a causa de agronegocios y usado para estado de excepción

Un virus, la humanidad

y la tierra

12 de abril de 2020

¿Qué lecciones podemos aprender gracias al coronavirus sobre nuestra especie humana, los paradigmas económicos y tecnológicos dominantes y la tierra?

Por Vandana Shiva para El Salto

Un pequeño virus ha confinado el mundo, ha parado la economía global, se ha llevado por delante la vida de miles y el sustento de millones de personas.
 
¿Qué lecciones podemos aprender gracias al coronavirus sobre nuestra especie humana, los paradigmas económicos y tecnológicos dominantes y la tierra?
 
Lo primero que nos recuerda el confinamiento es que la tierra es para todas las especies y que cuando dejamos espacio y liberamos las calles de coches, la contaminación se reduce. Los elefantes pueden acceder a las zonas residenciales de Dehradun y bañarse en el Ganges en el ghat de Har Ki Pauri, en Haridwar. Un leopardo campa a sus anchas en
Chandigarh, la ciudad diseñada por Le Corbusier.

La segunda lección es que esta pandemia no es un desastre natural, al igual que los fenómenos climáticos extremos tampoco lo son. Las epidemias emergentes, así como el cambio climático, son antropogénicas, es decir, causadas por las actividades humanas.
 
Una economía global basada en la ilusión del crecimiento ilimitado […] se traduce en una ilimitada transgresión de los límites del planeta, de los ecosistemas y de las especies.
 
Los científicos nos avisan de que al invadir los ecosistemas forestales, destruir los hábitats de muchas especies y manipular las plantas y los animales para obtener beneficio económico fomentamos la aparición de nuevas enfermedades. A lo largo de los últimos 50 años han aparecido 300 nuevos patógenos. Está sobradamente documentado que un 70 % de los patógenos que afectan al ser humano, entre los que se encuentran el VIH, el ébola, la gripe, el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS, por sus siglas en inglés) y el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés) surgen cuando se invaden los ecosistemas forestales y los virus se transfieren de animales a personas. Cuando se apiñan animales en granjas industriales para maximizar los beneficios afloran nuevas enfermedades como la gripe porcina o aviar.
 
La avaricia humana, que no respeta los derechos de otras especies ni los derechos de los miembros de nuestra misma especie, es la raíz de esta pandemia y de las pandemias que la seguirán. Una economía global basada en la ilusión del crecimiento ilimitado se traduce en un apetito insaciable por los recursos planetarios, lo que en consecuencia se traduce en una ilimitada transgresión de los límites del planeta, de los ecosistemas y de las especies.
 
La tercera lección que nos enseña el virus es que la emergencia sanitaria está relacionada con la emergencia de la extinción masiva de especies. También con la emergencia climática. Al usar venenos como insecticidas y herbicidas para matar insectos y plantas es inevitable provocar una crisis de extinción. Al quemar combustibles que la tierra fosilizó hace 600 millones de años transgredimos los límites planetarios. La consecuencia es el cambio climático.

Los pronósticos de los científicos establecen que si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar. Nuestra extinción será una más de las 200 que se producen a diario. Nos vamos a convertir en una especie en peligro de extinción por la avaricia, arrogancia e irresponsabilidad humanas.
Si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar.
Todas las emergencias que en la actualidad ponen en peligro vidas tienen su origen en la visión mecanicista, militarista y antropogénica de los humanos como seres al margen de la naturaleza, como amos y señores de la tierra que pueden dominar, manipular y controlar a otras especies como fuentes de beneficio. También tienen su origen en un modelo económico que considera los límites ecológicos y éticos como obstáculos que se deben superar para aumentar el crecimiento de los beneficios empresariales. En ese modelo no caben los derechos de la Madre Tierra, los derechos de otras especies, los derechos humanos, ni los de las generaciones futuras. Durante esta crisis y la recuperación tras el confinamiento, necesitamos aprender a proteger la tierra, su clima, los derechos y los hábitats de las diferentes especies, los derechos de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los agricultores y agricultoras y de los trabajadores y trabajadoras.
 
Tenemos que romper con la economía del lucro y el crecimiento ilimitado que nos ha llevado a una crisis de supervivencia. Tenemos que aprender de una vez por todas que somos miembros de la familia planetaria y que la verdadera economía es la economía de los cuidados: el cuidado del planeta y el cuidado mutuo.
Para prevenir futuras pandemias, hambrunas, y la perspectiva de convertirnos en sociedades en las que la vida humana no tenga valor, tenemos que romper con el sistema económico global que está generando el cambio climático, la extinción de muchas especies y la propagación de enfermedades mortales. La vuelta a lo local deja espacio para que las distintas especies, las diferentes culturas y las variadas economías locales se desarrollen.
Tenemos que aprender de una vez por todas que somos miembros de la familia planetaria y que la verdadera economía es la economía de los cuidados: el cuidado del planeta y el cuidado mutuo.
Tenemos que reducir de manera consciente nuestra huella ecológica para dejar recursos y espacio disponibles para otras especies, para el resto de seres humanos y para las generaciones futuras. La emergencia sanitaria y el confinamiento ha demostrado que cuando hay voluntad política, se puede revertir el proceso de globalización. Hagamos que esta reversión sea permanente y volvamos a la producción local y de cercanía en línea con los principios del swadeshi (autosuficiencia) que promulgaba Gandhi, es decir, el restablecimiento de la economía doméstica.
 
Nuestra experiencia en Navdanya nos ha enseñado a lo largo de tres décadas que los sistemas de producción de pluricultivos locales y ecológicos son capaces de proveer de alimento a la población sin empobrecer el suelo, contaminar el agua ni dañar la biodiversidad.
La riqueza de la biodiversidad en los bosques, las granjas, los alimentos que consumimos, la microbiota intestinal, es un hilo conductor que comunica el planeta y sus diferentes especies, también los seres humanos, a través de la salud, no de la enfermedad.
Un pequeño virus puede ayudarnos a dar un gran paso adelante para fundar una nueva civilización planetaria ecologista basada en la armonía con la naturaleza. O bien podemos seguir viviendo la fantasía del dominio sobre el planeta y seguir avanzando hasta la próxima pandemia. Y por último, hasta la extinción.
La tierra seguirá adelante, con nosotros o sin nosotros.
 
 
Vandana Shiva nos aparta de condenar al sistema mundo capitalista cuyo criminal objetivo, cada vez más exclusivo y excluyente, es el crecimiento incesante del lucro oligopólico. Nos dice:
Los pronósticos de los científicos establecen que si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar. Nuestra extinción será una más de las 200 que se producen a diario. Nos vamos a convertir en una especie en peligro de extinción por la avaricia, arrogancia e irresponsabilidad humanas.
Si no frenamos esta guerra antropogénica contra la tierra y las especies que la habitan, en cien años habremos destruido las condiciones que permiten a los humanos vivir y prosperar.
Renán Vega Cantor nos plantea con mayor precisión que debemos emanciparnos, los pueblos y sus diversidades, del sistema mundo capitalista y sus locales para garantizar la vida humana y la no humana en el planeta.
 


El capitaloceno
27 de febrero de 2017
Por Renán Vega Cantor
 
Al borde del precipicio
Varias informaciones recientes indican el acelerado proceso de destrucción de la naturaleza y de trastorno climático en el mundo, así como de la miseria de millones de seres humanos, afectado por catástrofes que se pretenden naturales pero que tienen un claro origen social, aunque eso no sea evidente a primera vista. Sin pretender ser sistemáticos recordemos algunas de las noticias que se registraron en el 2016 sobre caos climático, extinción de especies, pérdida de biodiversidad y las mal llamadas “catástrofes naturales”. (...)

Las características del capitalismo, su lógica de funcionamiento, explican que se haya convertido en una destructiva fuerza, que ataca a la mayor parte de los seres humanos y destruye la naturaleza, habiendo originado el capitaloceno (La época del capitalismo). Algunos de los elementos centrales de su funcionamiento son los siguientes:

  • Primer elemento: la acumulación capitalista que crece en forma exponencial e ininterrumpida en la búsqueda insaciable de ganancias. Para obtener ganancias se debe explotar intensivamente a los trabajadores y expoliar el medio ambiente, sin interesar si se destruyen a otras formas de vida. Se supone que puede haber crecimiento al infinito, como requisito de la acumulación de capital, en una tierra cerrada y limitada en recursos.
  • Segundo elemento: para obtener ganancias el capital rebasa las fronteras nacionales y se expande por el mundo en búsqueda de fuentes de materias primas, trabajo barato y nuevos mercados de inversión y consumo. Incluso, algunos lunáticos hoy hablan de la “colonización de Marte”, como forma de huir de la tierra. Esta expansión tiene como motor principal la competencia desenfrenada de capitales, que primero compiten a escala local y luego en el mundo entero.
  • Tercer elemento: obtener réditos en el corto plazo, porque, como decía Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos. Esto supone que no se tienen en cuenta los tiempos de la naturaleza, sino los tiempos del capital y los negocios. Como consecuencia se aniquila a los ecosistemas, tal y como lo evidencia la explotación mineral o de hidrocarburos, ya que no se tiene en cuenta el tiempo de reposición de los ecosistemas (cuando hablamos de bienes renovables) y se actúa en contra de los límites naturales.
  • Cuarto elemento: para conseguir el incremento de ganancia en forma permanente se produce un crecimiento ininterrumpido de las fuerzas productivas-destructivas, lo que se expresa entre otras cosas en el desarrollo de la tecnociencia, lo que lleva a inventar tecnologías más potentes, y que consumen mayores cantidades de materia y energía, para extraer más materia y consumir hasta la última porción de energía disponible. Esto genera una particular forma de arrogancia tecnocrática, para la cual no hay límites naturales, ni de ninguna otra índole, y que postula que tarde o temprano se encontraran las soluciones técnicas a los problemas que ha generado el capitalismo.
  • Quinto elemento: se estructura una jerarquía de valores que exaltan la competencia, el individualismo, el egoísmo, la codicia, la sed de ganancias, el consumismo, la explotación de otros seres humanos, como propias de la “naturaleza humana”. Esos valores son inculcados desde la escuela, y por los medios de comunicación, lo que legitima al capitalismo, que es visto como el orden natural de las cosas, un sistema eterno e insustituible.
  • Sexto elemento: la producción de mercancías obliga a su consumo, para poder obtener ganancia por parte de los capitalistas. Esto conduce a impulsar el consumo, creando necesidades artificiales e innecesarias, como puede verse hoy al examinar gran parte de las mercancías que se generan en el capitalismo, muchas de las cuales son inherentemente nocivas.
 
Con estos elementos, puede concluirse sin mucho esfuerzo que el capitalismo es insustentable a corto plazo. Como indican Fred Magdoff y John Bellamy Foster: El sistema capitalista mundial es insustentable en: (1) su búsqueda por una acumulación sin fin de capital tendiente a una producción que debe expandirse continuamente para obtener ganancias; (2) su sistema agrícola y alimentario que contamina el ambiente y sin embargo no garantiza el acceso cuantitativo y cualitativo universal de comida; (3) su desenfrenada destrucción del ambiente; (4) su continua reproducción y aumento de la estratificación de riqueza dentro y entre los países; y (5) su búsqueda por la “bala de plata” tecnológica para evadir los crecientes problemas sociales y ecológicos emergentes de sus propias operaciones34.
 
El término capitaloceno hace referencia a un periodo de tiempo reciente, una nueva era geológica, y a una categoría analítica y explicativa.
En el primer sentido, establece una cronología para englobar un conjunto de procesos cuyo nexo articulador es la existencia y el predominio de la relación social capitalista, desde el momento mismo de su génesis, como capitalismo de guerra en el siglo XVI, en algunos lugares de Europa y que luego, se expande por el resto del mundo durante los últimos siglos, adquiriendo una fuerza e impacto mundial tras la revolución industrial a finales del siglo XVIII.
 
En el segundo sentido, es una noción que se dirige a dar una explicación de los fundamentos de funcionamiento del capitalismo y sus impactos destructivos sobre el planeta tierra. Busca explicar en forma racional las raíces de lo que sucede. Aunque el capitaloceno representa un período muy corto, su impacto es tal que la mayor parte de las transformaciones que ha generado tienen un carácter de irreversibles. El capitalismo es una fuerza geofísica global, eminentemente destructora, aunque se suponga que es creadora, su carácter devastador es de tal dimensión que puede catalogarse como un nuevo meteorito, pero de origen social, similar al meteorito que se estrelló contra el Golfo de México hace 65 millones de años y que produjo la quinta extinción de especies y arrasó con el 90 por ciento de la vida que por entonces existía en la tierra35.
 
Al hablar de capitaloceno no importa tanto que se le conciba como una época histórica o una era geológica, y lo menos interesante es argüir que hoy no pueden leerse los registros estratigráficos que demuestren su existencia. Es poco importante que exista un reconocimiento estratigráfico del capitaloceno. Lo fundamental es el sentido político del término y al desafío cognitivo de orden colectivo que debería generar, que conduzca no solamente a cambiar nuestra comprensión de la realidad, sino lo que es más importante y decisivo, nuestro accionar como sociedades. El asunto es crucial, no es una cuestión terminológica ni una querella entre geólogos. Tiene que ver con el esclarecimiento de las razones y de las causas que producen la destrucción de la naturaleza, la extinción de especies, el vuelco climático, la acidificación de los mares, la destrucción de los corales…. El capitaloceno sí está dejando huellas de tipo geológico. Al respecto, uno de los cambios geológicamente más significativos, aunque aparezca casi invisible para nosotros, es la modificación en la composición de la atmosfera: las emisiones de bióxido de carbono (CO2), cuya contribución al calentamiento global es innegable –lo que produce cambios climáticos, concretamente elevación de la temperatura, que no se presentaban hace millones de años– y que permanecen durante miles de años en la atmósfera. Asimismo, el desplazamiento de plantas y animales hacia los polos, un movimiento migratorio forzado por el aumento de la temperatura, que ya se está presentando, va a dejar su registro fósil, en idéntica forma que la elevación del nivel del mar en varios metros, con lo cual se hundirán ciudades completas.
 
Es probable que mucho tiempo después de que nuestros autos, ciudades y fábricas se hayan convertido en polvo, las consecuencias de quemar carbón y petróleo equivalente a miles de millones de toneladas sean claramente ostensibles. El bióxido de carbono calienta el planeta y, al mismo tiempo, se cuela en los océanos y los acidifica. En algún momento de este siglo serán tan ácidos que los corales ya no podrán construir arrecifes, lo que se registrará geológicamente como "un hiato de arrecifes". Estos hiatos han marcado cada una de las últimas cinco extinciones masivas principales. La más reciente, que se cree fue causada por el impacto de un asteroide, tuvo lugar hace 65 millones de años, al final del periodo Cretácico; no sólo eliminó a los dinosaurios, sino también a los plesiosaurios, los pterosaurios y los ammonoideos. La escala de lo que les está sucediendo ahora a los océanos es, de acuerdo con muchos expertos, incomparable desde entonces. Para los geólogos futuros, dice Zalasiewicz, nuestro impacto podría parecer tan repentino y profundo como el de un asteroide. (Bienvenido al Antropoceno, la era del hombre36)
 
Entre algunos de los cambios que ha generado el capitalismo se encuentran: un aumento en la tasa de extinción de la fauna y la flora a niveles sin precedentes desde la aparición del homo sapiens; aumento en los niveles de C02 en la atmosfera, que modifica el clima y aumenta las temperaturas, de tal forma que no había sucedido hace 66 millones de años; producción masiva de plásticos, que inundan ríos, lagos y océanos, interfiriendo en la vida de miles de especies; la utilización de fertilizantes ha duplicado la cantidad de nitrógeno y de fosforo en las tierras de cultivo. Se calcula que esto puede causar un impacto sobre el ciclo de nitrógeno que no se presentaba hace 2.500 millones de años; “la presencia de una capa permanente de partículas transportadas por el aire en los hielos glaciares y sedimentos, como por ejemplo carbono negro procedente del consumo de combustibles fósiles” 37. Con estas evidencias, advierten algunos geólogos, "Muchos de estos cambios son geológicamente duraderos y algunos son efectivamente irreversibles"38.
 
Los rasgos distintivos del capitaloceno no apuntan a señalar en abstracto al ser humano como una fuerza geológica en sí misma de extinción masiva, sino al sistema capitalista, como una forma de organización social e histórica particular, cuyo funcionamiento ocasiona los problemas que vivimos en la actualidad. Como tal, desde su origen el Homo sapiens ha vivido en diversas formas de organización social, y en ninguna de ellas se puso en peligro global la supervivencia de la misma humanidad y de otras formas de vida a una escala masiva, como hoy acontece. Uno de los aspectos que suele resaltarse cuando se habla de Antropoceno es el tamaño de la población humana, cuyo número creció en forma exponencial en los últimos dos siglos, tras la Revolución Industrial y en forma más veloz en los últimos cincuenta años. Este crecimiento está asociado a las energías fósiles, porque sin ellas no hubiera sido posible, algo que se deriva entonces del mismo desarrollo del capitalismo. Pero un elemento adicional que no puede ser negado es que no todos los seres humanos que hoy vivimos en el planeta tierra tenemos el mismo grado de responsabilidad, puesto que hay una asimetría evidente entre una ínfima minoría de grandes capitalistas y el resto de la población mundial.
 
En otros términos, existe una segmentación en términos de producción y consumo entre unos pocos países y el resto, y más en general, entre los más ricos entre los ricos y millones de pobres y miserables. Oxfam lo ha dicho en sus informes de enero de 2016 y de enero de 2017. En este último proporciona algunos datos sobre la aterradora desigualdad social y económica en el mundo:
1. Cuando una de cada diez personas en el mundo sobrevive con menos de dos dólares al día, la inmensa riqueza que acumulan tan sólo unos pocos resulta obscena. Sólo ocho personas (concretamente ocho hombres), poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, 3.600 millones de personas. […]
2. Siete de cada diez personas vive en un país en el que la desigualdad ha aumentado en los últimos 30 años.
3. La desigualdad extrema tiene un enorme impacto en las vidas de las mujeres, sobrerrepresentadas en los sectores con peores salarios y que sufren mayores niveles de discriminación en el ámbito laboral y asumen la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado. Al ritmo actual, llevará 170 años alcanzar la igualdad salarial entre hombres y mujeres.
4. La evasión y elusión fiscal por parte de las grandes multinacionales priva a los países pobres de al menos 100.000 millones de dólares cada año en ingresos fiscales, dinero suficiente para financiar servicios educativos para los 124 millones de niños y niñas sin escolarizar o servicios sanitarios que podrían evitar la muerte de al menos seis millones de niños y niñas cada año39.(...) Leer

    

5 de abril de 2020

I. Covid-19 a causa de agronegocios y usado para estado de excepción

Coronavirus, agronegocios y 

estado de excepción

7 de marzo de 2020

Mucho se dice sobre el coronavirus Covid-19, y sin embargo muy poco. Hay aspectos fundamentales que permanecen en la sombra. Quiero nombrar algunos de éstos, distintos pero complementarios.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC.

El primero se refiere al perverso mecanismo del capitalismo de ocultar las verdaderas causas de los problemas para no hacer nada sobre ellas, porque afecta sus intereses, pero sí hacer negocios con la aparente cura de los síntomas. Mientras tanto, los estados gastan enormes recursos públicos en medidas de prevención, contención y tratamiento, que tampoco actúan sobre las causas, por lo que esta forma de enfrentar los problemas se transforma en negocio cautivo para las transnacionales, por ejemplo, con vacunas y medicamentos.
La referencia dominante a virus y bacterias es como si éstos fueran exclusivamente organismos nocivos que deben ser eliminados. Prima un enfoque de guerra, como en tantos otros aspectos de la relación del capitalismo con la naturaleza. Sin embargo, por su capacidad de saltar entre especies, virus y bacterias son parte fundamental de la coevolución y adaptación de los seres vivos, así como de sus equilibrios con el ambiente y de su salud, incluyendo a los humanos.
El Covid-19, que ahora ocupa titulares mundiales, es una cepa de la familia de los coronavirus, que provocan enfermedades respiratorias generalmente leves pero que pueden ser graves para un muy pequeño porcentaje de los afectados debido a su vulnerabilidad. Otras cepas de coronavirus causaron el síndrome respiratorio agudo severo (SARS, por sus siglas en inglés), considerado epidemia en Asia en 2003 pero desaparecido desde 2004, y el síndrome respiratorio agudo de Oriente Medio (MERS), prácticamente desaparecido. Al igual que el Covid-19, son virus que pueden estar presentes en animales y humanos, y como sucede con todos los virus, los organismos afectados tienden a desarrollar resistencia, lo cual genera, a su vez, que el virus mute nuevamente.
Hay consenso científico en que el origen de este nuevo virus –al igual que todos los que se han declarado o amenazado ser declarados como pandemia en años recientes, incluyendo la gripe aviar y la gripe porcina que se originó en México– es zoonótico. Es decir, proviene de animales y luego muta, afectando a humanos. En el caso de Covid-19 y SARS se presume que provino de murciélagos. Aunque se culpa al consumo de éstos en mercados asiáticos, en realidad el consumo de animales silvestres en forma tradicional y local no es el problema. El factor fundamental es la destrucción de los hábitats de las especies silvestres y la invasión de éstos por asentamientos urbanos y/o expansión de la agropecuaria industrial, con lo cual se crean situaciones propias para la mutación acelerada de los virus.
La verdadera fábrica sistemática de nuevos virus y bacterias que se transmiten a humanos es la cría industrial de animales, principalmente aves, cerdos y vacas. Más de 70 por ciento de antibióticos a escala global se usan para engorde o prevención de infecciones en animales no enfermos, lo cual ha producido un gravísimo problema de resistencia a los antibióticos, también para los humanos. La OMS llamó desde 2017 a que las industrias agropecuaria, piscicultora y alimentaria dejen de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento de animales sanos. A este caldo las grandes corporaciones agropecuarias y alimentarias le agregan dosis regulares de antivirales y pesticidas dentro de las mismas instalaciones.
No obstante, es más fácil y conveniente señalar unos cuantos murciélagos o civetas –a los que seguramente se ha destruido su hábitat natural– que cuestionar estas fábricas de enfermedades humanas y animales.
La amenaza de pandemia es también selectiva. Todas las enfermedades que se han considerado epidemias en las dos décadas recientes, incluso el Covid-19, han producido mucho menos muertos que enfermedades comunes, como la gripe –de la cual, según la OMS, mueren hasta 650 mil personas por año globalmente. No obstante, estas nuevas epidemias motivan medidas extremas de vigilancia y control.
Tal como plantea el filósofo italiano Giorgio Agamben, se afirma así la tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno.
Refiriéndose al caso del Covid-19 en Italia, Agamben señala que “el decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno, por razones de salud y seguridad pública, da lugar a una verdadera militarización de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión, fórmula tan vaga que permite extender el estado excepción a todas la regiones. A esto, agrega Agamben, se suma el estado de miedo que se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.

8 de marzo de 2020

El desafío de superar "la creación capitalista de sujetos-individuos que no se conciben como hijos-de-la-Tierra, sino que la sienten y conciben desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad".

La «reforma agraria integral» como trabajo-economía postcapitalista requiere ante todo compenetrarse de la cosmovisión indígena de ver la humanidad parte, y dependiente, de la naturaleza. Retomemos a:
 
El debate sobre el “extractivismo” 
en tiempos de resaca

Publicado el 20 abril, 2016

 
Por Horacio Machado Aráoz
 
A la Memoria de Berta Cáceres
“Desde su origen, el capital ha utilizado todos los recursos productivos del globo… tiene necesidad de disponer del mundo entero y de no encontrar límite ninguno en la elección de sus medios de producción”. (Rosa Luxemburgo, 1912).

(..)
De la cuestión de fondo a lo fundamental. Pensar-nos Tierra como clave para re-orientar nuestras luchas emancipatorias

“La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; es decir, la naturaleza en cuanto no es el mismo cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en un proceso constante, para no morir. La afirmación de que la vida física y espiritual del hombre se halla entroncada con la naturaleza no tiene más sentido que el que la naturaleza se halla entroncada consigo misma, y que el hombre es parte de la naturaleza” (Karl Marx, Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844).


 Salvo notables excepciones, el pensamiento tradicional de izquierda y el marxismo ortodoxo en general ha tendido a priorizar la opresión de clase por sobre la explotación de la Naturaleza, como si fueran dos problemáticas distintas e inconexas. Sin embargo, este tipo de razonamiento está en abierta contradicción con la ontología materialista de Marx, que al pensar los fundamentos de la realidad, en lugar de la conciencia, del Sujeto o del Objeto, parte del cuerpo. En efecto, para Marx, “(L)la primera premisa de toda la historia humana es la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a constatar es, por tanto, la organización corpórea de esos individuos y la relación por eso existente con el
ortodoxo en general ha tendido a priorizar la opresión de clase por sobre la explotación de la Naturaleza, como si fueran dos problemáticas distintas e inconexas. Sin embargo, este tipo de razonamiento está en abierta contradicción con la ontología materialista de Marx, que al pensar los fundamentos de la realidad, en lugar de la conciencia, del Sujeto o del Objeto, parte del cuerpo. En efecto, para Marx, “(L)la primera premisa de toda la historia humana es la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a constatar es, por tanto, la organización corpórea de esos individuos y la relación por eso existente con el resto de la naturaleza” (Marx y Engels, 1974: 19).
 
Se trata de una premisa fundamental sobre la que se edifica todo el pensamiento filosófico, antropológico y político de Marx. Pues, en primer lugar, partir de los individuos humanos vivientes, implica, ante todo, negar radicalmente toda separación entre Naturaleza y Sociedad y rechazar todo antropocentrismo. O, si se prefiere, supone partir de la afirmación básica de que el ser humano es naturaleza.

La materialidad del cuerpo remite indefectiblemente al enraizamiento histórico-material que lo humano tiene respecto de la Naturaleza en general. Una perspectiva histórico-materialista –como la que propone Marx- nos lleva a reconocer que, históricamente, venimos de la Naturaleza: somos parte del proceso natural de irrupción, despliegue y complejización de la materia en el transcurso geológico de la vida en el planeta. Y que fisiológicamente, dependemos de la Naturaleza: los cuerpos humanos vivientes (naturaleza interior) tienen una relación de dependencia existencial con el conjunto de seres vivos y de factores y condiciones biosféricas de la Tierra (naturaleza exterior). La Tierra -como sistema viviente- nos excede, nos precede y nos contiene absolutamente. Nuestra vida es estructural y funcionalmente dependiente de una sistemática e ininterrumpida vinculación material con el resto de la Naturaleza en general. Por tanto, lo humano no puede ser escindido de la naturaleza; no puede ser pensado o concebido como algo exterior, ajeno o contrapuesto a la naturaleza.

En segundo término, al partir de los cuerpos, Marx coloca la cuestión de la vida -la problemática de los individuos humanos vivientes- en la base de su construcción teórica y en el centro de sus preocupaciones políticas. A diferencia del idealismo, del empirismo naturalista y del materialismo mecanicista (cada uno, en sus diferentes variantes), Marx no concibe el mundo ni como “idea” ni como “cosa”, sino como vida-práctica. En Marx, lo real es lo vivo en cuanto tal: el conjunto de procesos práctico-materiales a través de los cuales acontece la vida en general; y también, en particular, la vida humana, como una expresión histórico-específica de aquella.

Así, la centralidad del cuerpo, en cuanto permite despejar la ficción idealista de todo antropocentrismo, es fundamental para una epistemología política que se piensa en clave de emancipación y realización plena de la Vida. Pues, cuando lo que ocupa el centro de nuestras preocupaciones epistémicas y políticas es la vida plena de los seres humanos vivientes, no hay lugar ahí para sustentar la falacia del antagonismo de “el hombre” vs. “la naturaleza”. Por el contrario, se hace evidente que, en realidad, la contradicción Capital vs. Trabajo, no es anterior ni exterior, a la contradicción Capital vs. Naturaleza-Vida; que no se trata de dos contradicciones (O´Connor, 2001), sino pues solo de una única gran contradicción fundamental, en la que la dinámica necro-económica del capital supone (y requiere) sacrificar la vida (en la radicalidad de sus fuentes y en la diversidad de sus formas y manifestaciones) en el altar del valor abstracto. Se hace, en definitiva, manifiesto que el encarcelamiento de la Tierra –a través de la propiedad- es el primer eslabón de los grilletes que encadenan al Trabajo.
Así, la crucial cuestión de la liberación humana (de las ataduras del capital) requiere hoy, más que nunca, en los umbrales del Siglo XXI, re-pensar la Tierra. Re-pensar la Tierra como cuestión vital-fundamental, es re-pensarla y re-descubrirla como Madre. Y es también re-pensar-nos a los seres humanos, como ontológicamente hijos de la Tierra; seres terrestres, en el sentido existencial de que no sólo vivimos apenas sobre la Tierra y de la Tierra, sino que literalmente somos Tierra. Precisamos, de modo urgente, volver a saber-nos y, sobre todo, sentir-nos Tierra.
Pues, si la (in)civilización del capital ha llegado tan lejos en la devastación y denigración de la Vida, es precisamente porque no sólo ha crecido y se ha mundializado declarándole la guerra a la Madre-Tierra, sino porque además, decisivamente, ha sido muy eficaz en la creación de sujetos-individuos que no se conciben como hijos-de-la-Tierra, sino que la sienten y conciben desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Individuos que creen y que sienten que viven del dinero y no de la Madre-Tierra; que conciben el progreso y el desarrollo de lo humano, en términos de dominio y explotación presuntamente infinita de los “recursos” de la Tierra.

Frente al escenario de barbarie mundializada y diversificada que nos ofrece el siglo XXI, tras más de cinco siglos de “desarrollo capitalista”, necesitamos, de modo urgente, re-pensar la Tierra para re-orientar el horizonte y el sentido de nuestras luchas emancipatorias.

Re-pensar la Tierra como Madre no es romanticismo pachamamista ni oscurantismo anti-científico. Si bien sí es una afirmación efectivamente pre-científica, se trata, sin embargo, de una verdad fundamental, no sólo en el más profundo sentido filosófico, sino también en el más riguroso sentido científico. Re-conocerla como tal y adecuar a ella nuestros modos de vida, nuestras instituciones, nuestras subjetividades, es decir, nuestros cuerpos y nuestros sueños, nuestras formas de concebir, percibir, pensar, sentir y vivir nuestro lugar en el mundo, es quizás, el mayor desafío pedagógico-político que afrontamos como especie, en un momento donde el camino de la emancipación se ha tornado, ni más ni menos, que el camino por la sobrevivencia; la sobrevivencia, al menos, de la humanidad de lo humano. Si las fuerzas de izquierda no asumen como propio este desafío, ¿entonces quiénes?
Bibliografía: (…)