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16 de abril de 2018

III. Progresismo vs. "plurinacionalizar el territorio del Estado moderno; dar cabida a la gestión del territorio sobre diversas formas de ver y reproducir la vida".

SOCIALISTAS REVOLUCIONARIOS EN BUENOS AIRES

Tensiones económicas e

inestabilidad política en la situación mundial

20 de marzo de 2018

 En estas líneas reproducimos una versión resumida del documento sobre la situación mundial aprobado en la XI Conferencia de la FT-CI (fracción trokista que mira a la Cuarta Internacional) .
 
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y el ascenso de tendencias nacionalistas en los países centrales -Brexit, partidos xenófobos euroescépticos, “soberanismos”- mostró el agotamiento del consenso globalizador neoliberal, que se hizo hegemónico tras los procesos de restauración capitalista en Rusia y China. En las últimas décadas, Estados Unidos ejerció el liderazgo a través de organismos multilaterales como la OMC, que le garantizaban el máximo beneficio al capital norteamericano pero también permitían que se beneficiaran, no sin disputas y crisis, aliados y competidores de Estados Unidos como Alemania, Japón y más tarde China. Este orden (neo)liberal entró en crisis como consecuencia de la Gran Recesión de 2008, que dejó una profunda polarización social y política.
Independientemente de las contradicciones que enfrente para aplicar su programa nacionalista, ya es un hecho que Trump cambió la agenda internacional volviendo a poner en el centro la disputa entre “estados nación” en detrimento de las tendencias globalizadoras. Esto no significa replegarse dentro de las fronteras nacionales, sino por el contrario, perseguir más agresivamente el interés nacional en perjuicio del resto.
Es un hecho que en el último año estas tendencias nacionalistas se han profundizado y son las que le dan el tono a la situación internacional caracterizada por las tensiones económicas y la inestabilidad geopolítica, aunque se mantiene la estructura globalizada de la economía y el comercio mundial se ha seguido desarrollando. La imposición por parte del gobierno de Trump de tarifas de 25% a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio, aunque haya exceptuado a México y Canadá con los que está renegociando el NAFTA sienta un precedente riesgoso de transformar una disputa comercial en un problema de “seguridad nacional”. Esta medida proteccionista, a diferencia de otras menores que tomó Trump en el primer año de su gobierno, está reavivando los temores de que sea el comienzo de una escalada que pueda derivar en una guerra de tarifas si los afectados deciden responder con medidas punitivas sobre exportaciones norteamericanas, incluso si Trump utilizara las tarifas como método de negociación dura.
Se abre un nuevo escenario de mayores rivalidades, amenazas de guerras comerciales y escalada de conflictos regionales en los que puedan verse involucradas grandes potencias.

Contradicciones e inestabilidad en la economía mundial

En la economía mundial se verifican dos tendencias aparentemente contradictorias. Por un lado el crecimiento en 2017 –aunque aún se encuentra en el terreno de los pronósticos- fue mayor al de todos los años pos crisis 2008/9 y se observa un alza sincronizada en EEUU, China, Japón y Europa –aunque sólo los dos últimos crecieron por encima del promedio del período. Por el otro, el crecimiento exuberante de las bolsas y los activos financieros que en EEUU, Japón, China –como en varios países latinoamericanos- alcanzaron durante 2017 y principios de este año, máximos de la última década, están en el origen de la caída de Wall Street de febrero pasado que, aunque duró pocos días, mostró una intensidad sorprendente. Aún cuando esa caída resultó contenida, se instaló una situación de inestabilidad en Estados Unidos –con derrotero imprevisible- que afecta a todos los mercados de activos bursátiles y financieros del mundo.
La diferencia de velocidad entre el crecimiento de la economía –muy lento- y el de los activos financieros –muy acelerado- acrecienta la distancia entre el precio de dichos activos y las ganancias corporativas reales que les dan sustento. El precio de las acciones tiende a separarse cada vez más de la ganancia real que generan las empresas. Esa relación que ya 2016 en Estados Unidos era de 27 veces, en 2017 y bajo gobierno Trump, llegó a 31, o sea, mayor que la verificada en 2007 poco antes del inicio de la crisis. Esta separación expresa la escasez de fuentes para la nueva inversión lucrativa de capital, es la base de una inestabilidad estructural y la esencia de la tesis burguesa del “estancamiento secular”.
El origen de la inestabilidad financiera está asociado al temor de que la Reserva Federal norteamericana, bajo administración Trump, suba las tasas de interés de corto plazo más allá de las tres subas programadas para este año. En ese caso las deudas corporativas que junto con las deudas públicas crecieron significativamente durante los últimos años podría llevar a la quiebra a alrededor del 14% de las empresas norteamericanas. Por otra parte si ya los incrementos de tasas planificados tendrán indudables efectos negativos sobre las economías semicoloniales en general y sobre las latinoamericanas más endeudadas o dependientes de los mercados financieros –como Brasil y Argentina en particular-, aumentos significativamente mayores a los previstos podrían generar potencialmente efectos catastróficos. A su vez impactarían negativamente sobre los precios de las materias primas que en este momento aparecen como factor de estabilidad relativa para muchos países latinoamericanos.
Aunque la posibilidad de un período más inflacionario aún es materia de discusión hay quienes sostienen que si la causa última de la deflación de los últimos años está asociada al rol de China y a su tendencia a la sobreproducción de mercancías, los nuevos planes internos de la burocracia de Pekín así como mayores tendencias proteccionistas, podrían regenerar presiones inflacionarias. En un contexto tal, una combinación futura de mayor inflación, déficit crecientes y mayores tasas de interés, no sería descartable.
 
En términos más generales los límites de las políticas de estímulos monetarios en los países centrales son en gran parte resultado de un dilema derivado de la imposibilidad de China –un motor fundamental que, junto con el dinero barato, garantizó el crecimiento aún débil durante el período pos Lehman- de continuar creciendo como hasta entonces. Este problema se hizo presente alrededor del año 2014 y es en gran medida fundamento de las crecientes tendencias nacionalistas en China, en Estados Unidos, pero también en la Unión Europea, Rusia y otros países que se expresan en ascendentes tensiones geopolíticas y elementos de guerra comercial.
 
En definitiva el mayor crecimiento de la economía mundial no consigue retornar a los valores previos a la crisis y las contradicciones que signaron las debilidades de estos últimos diez años se mantienen. La recuperación en curso es modesta y no alcanza para deshacer las profundas consecuencias económicas, políticas y sociales que produjo la Gran Recesión de 2008/9. De hecho lo que preocupa a las corporaciones y a los organismos internacionales como la OCDE, el FMI o el Banco Mundial son tanto los pronósticos de una disminución del crecimiento en los países centrales, como las consecuencias políticas derivadas de la debilidad económica. Entre ellas el riesgo de que una intensificación de disputas comerciales, de tendencias nacionalistas y factores extraeconómicos, como una crisis geopolítica de magnitud o fenómenos políticos, terminen desestabilizando la economía.
 

Tendencias a la crisis orgánica, neoliberalismo senil y lucha de clases

Desde el punto de vista teórico, venimos definiendo esta situación pos crisis de 2008 como el desarrollo de tendencias a la “crisis orgánica” en varios países.
Incorporamos a las categorías “clásicas” que utilizamos los marxistas revolucionarios para analizar situaciones la de “crisis orgánica” que tomamos de A. Gramsci para dar cuenta de situaciones intermedias (entre las situaciones no revolucionarias y pre-revolucionarias o directamente revolucionarias), abiertas por las consecuencias sociales y políticas de la crisis de 2008, en la que se desarrollan elementos de crisis de hegemonía burguesa pero sin que prime la lucha de clases y la radicalización política de masas como tendencia generalizada (aunque haya habido procesos agudos como la Primavera árabe). Estas situaciones son producto en gran medida de que la burguesía pudo evitar mediante la intervención estatal un escenario catastrófico similar a la crisis de 1930 y la crisis siguió durante varios años como una crisis rastrera.
Los elementos de crisis orgánica tiene expresión política en la crisis de los partidos burgueses tradicionales (el “extremo centro”) que son vistos como agentes de los ajustes y ataques neoliberales.
Sobre esta base surgen nuevos fenómenos políticos “populistas”, tanto por derecha (partidos xenófobos europeos) como por izquierda, expresado en el surgimiento de corrientes neorreformistas como Podemos, Syriza, Momentum en el Partido Laborista, DSA en Estados Unidos, Francia Insumisa de Mélenchon, Frente Amplio en Chile, etc. El último ejemplo de esta crisis son las elecciones en Italia, donde los dos partidos más votados fueron la Liga Norte (que se presentó simplemente como “Liga”) y el Movimiento 5 estrellas.
Esto no quiere decir que no haya intentos burgueses de superar por derecha esta situación (Macron o Ciudadanos podrían ser ejemplos) o ataques capitalistas como las reformas laborales o jubilatorias, con la contradicción de que los gobiernos que intentan aplicarlos por lo general son débiles y ya están encontrando resistencia. Incluso aunque pasen estas reformas (como la reforma laboral en Brasil) se trata de un neoliberalismo senil, no hegemónico, que tiende a profundizar la polarización social y política lo que podría crear eventualmente condiciones más favorables para el desarrollo de procesos agudos de lucha de clases y radicalización política.
 

Trump: un gobierno bonapartista débil con fuertes contradicciones

El balance del primer año de gobierno de Trump es mixto. No pudo aplicar su agenda más ambiciosa de campaña ni en el plano interno ni en la política exterior pero tampoco fue neutralizado. Mientras lo primero se evidencia por ejemplo en el hecho de que las medidas “proteccionistas” implementadas durante el primer año, resultaron medidas parciales que respondieron más a lobbies de industrias locales que a una estrategia de conjunto, lo segundo se expresa en la reciente imposición de tarifas a importaciones de acero y aluminio. Esto le da un carácter volátil a la situación política. La respuesta a estas tendencias contradictorias, que surgen de las divisiones en la clase dominante y sus partidos, ha sido profundizar los rasgos bonapartistas del gobierno.
Las divisiones en la Casa Blanca y en el establishment político expresan las disputas al interior de la clase dominante y de la burocracia estatal y también la polarización social, entre las que Trump busca arbitrar apoyándose en el ala militar de la administración pero aún con una política errática y pragmática. El despido de Rex Tillerson y su reemplazo por Mike Pompeo en lo inmediato fortalece al sector completamente alineado con el presidente. Estas oscilaciones señalan que sigue siendo un gobierno bonapartista débil, con una base social estrecha y un presidente muy impopular, lo que lo hace relativamente inestable.
 

La preparación estratégica de Estados Unidos para un “conflicto entre potencias”

El cuestionamiento de Trump a instituciones internacionales como la OTAN, el desprecio a los acuerdos multilaterales, como el que firmaron Estados Unidos y la Unión Europea con Irán, y más en general, la subordinación de la diplomacia al objetivo de reducir los desbalances comerciales está socavando la relación de Estados Unidos con sus aliados occidentales, en particular con la Unión Europea.
Por otra parte hay dos procesos estructurales que en última instancia están haciendo crujir la estabilidad del orden de posguerra/posguerra fría y en cierta medida explican el ascenso de Trump: uno es el salto en la declinación hegemónica norteamericana y el otro la emergencia de China como “competidor estratégico” de Estados Unidos, y en menor medida y con más contradicciones la actividad de otras potencias regionales como Rusia.
En líneas generales, Trump expresa la voluntad de una fracción de la clase dominante y del aparato estatal norteamericano de revertir estas coordenadas mediante un programa nacionalista reaccionario y la reconcentración del poderío militar, sintetizado en la consigna “America First”.
La nueva estrategia de seguridad y defensa nacional define como prioridad el conflicto entre potencias, desplazando a segundo plano la guerra contra el terrorismo. Según estos documentos, elaborados por el ala militar del gobierno, la principal amenaza para la seguridad norteamericana son China y Rusia, seguidas por Corea del Norte e Irán y por último el terrorismo islámico.
La clave de esta nueva estrategia es fortalecer la letalidad del poderío militar de Estados Unidos para aumentar su capacidad disuasiva. En concreto significa un aumento considerable del gasto militar para modernizar el arsenal convencional y sobre todo para ampliar el arsenal nuclear.
Poner como norte la preparación para un conflicto interestatal de envergadura, después de décadas de librar una guerra asimétrica contra actores mayormente no estatales, es sin dudas es el giro más significativo de la presidencia Trump.
Pero este viraje estratégico de Estados Unidos no ocurre en el vacío, y aunque no se trata de una respuesta directa, conviene leerlo en espejo con las resoluciones del 19 Congreso del PCCh de octubre pasado, en el que el presidente Xi Jinping anunció la apertura de una “nueva era” que debería culminar con la transformación de China en una superpotencia mundial para 2050, bajo el liderazgo férreo del PCCh que deberá comandar con mano de hierro las reformas económicas.
En síntesis hoy China no disputa el liderazgo mundial a Estados Unidos que seguirá siendo la principal potencia imperialista por los próximos años. El PBI per cápita de China sigue siendo muy inferior, la séptima parte del de Estados Unidos, detrás todavía de Rusia y casi al mismo nivel que México. En el plano militar aunque China está modernizando sus Fuerzas Armadas la disparidad sigue siendo abrumadora, lo mismo en el terreno tecnológico. Y ni en China ni en Rusia, por las particularidades de la restauración, se han consolidado aún una clase capitalista y sigue primando el rol del estado. Pero a la vez, China es demasiado grande, demasiado autosuficiente y bien financiada para sucumbir a la presión económica directa de los EEUU o un grupo de potencias imperialistas. La doble dificultad de China para salir de la loza que impone el dominio imperialista a nivel mundial a la vez que de EEUU de doblegar al más fuerte estado chino en comparación a la China que sufrió la brutal opresión imperialista desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX es lo que explica las tensiones de la situación actual en la principal relación de co-dependencia EEUU/China del ciclo neoliberal/globalizador que se está acabando.
El dato objetivo es que la brecha entre ambos se ha estrechado. En 2000, Estados Unidos daba cuenta del 31% de la economía global, y China del 4%. Hoy la porción de Estados Unidos es 24% y la de China 15%. Es sobre esta base que los sectores proteccionistas y los halcones del Pentágono exageran las amenazas tecnológicas asegurando que en algunos años China alcanzará a EE.UU. para justificar con argumentos defensivos una política más ofensiva, por ejemplo exigir la apertura del sector financiero o que el gobierno chino retire la cláusula que impone a las empresas norteamericanas integrar joint ventures y “compatir” tecnología para ingresar a su mercado. Esta línea dura también se justifica en el fracaso de las políticas amistosas de domesticar a la burocracia del PCCh, detrás de la esperanza vana de que el mercado y la entrada a la OMC traerían una democracia burguesa pro-imperialista y un mercado interno sin restricciones para el capital foráneo. Lo que muestra que no hay ninguna posibilidad de una “vía pacífica” al desarrollo imperialista de China.
 
La hipótesis a largo plazo de conflicto entre potencias como prioridad puso en marcha una suerte de reedición de la carrera armamentista que involucra no sólo a Estados Unidos, China y Rusia, sino también a Japón y las principales potencias de la UE.
Sería un error confundir el posicionamiento estratégico con la política inmediata. Hoy no está planteada una guerra entre potencias, pero el solo hecho de que aparezca como perspectiva nada menos que en la política estatal de Estados Unidos, influye en los acontecimientos actuales y hace más probable la escalada de conflictos regionales en los que ya compiten diversas potencias, como la guerra civil en Siria y la crisis con Corea del Norte -un conflicto con profundas contradicciones y de difícil resolución, aún con la propuesta de cumbre entre Trump y Kim Jong Un a mediados de mayo.
En otro nivel se encuentra el cambio en la estrategia de la política norteamericana hacia Medio Oriente. La guerra civil en Siria ha recrudecido. Sobrevuelan aviones de guerra de al menos media docena de países, entre ellos Estados Unidos, Rusia, Turquía e Israel. En el terreno se vienen enfrentando fracciones armadas por potencias rivales. La decisión de Trump de transformar las milicias kurdas en una suerte de fuerza fronteriza permanente hizo que Turquía (que es miembro de la OTAN) escalara el conflicto abriendo un nuevo frente de batalla en Afrin.
El levantamiento democrático contra Assad, que fue parte de los procesos de la primavera árabe, fue ahogado por una guerra civil completamente reaccionaria creando una situación catastrófica. Millones de desplazados que terminan en campos de concentración o muriendo en el Mediterráneo. Y los que no han podido huir son blanco de bombardeos del régimen y de diversas fracciones en pugna. Un sector de la izquierda, que sostiene que hay un curso una “revolución democrática” contra el régimen dictatorial de Assad, apoyó al “campo rebelde” independientemente de su carácter de clase y su estrategia. Nosotros sentamos una posición de principios, repudiamos al régimen dictatorial de Assad, nos oponemos a toda injerencia imperialista y de potencias extranjeras como Rusia y apoyamos el derecho democrático a la autodeterminación nacional del pueblo kurdo aunque no la política de su dirección nacionalista cuya estrategia ha llevado a sostener una alianza con Estados Unidos y un acuerdo tácito con el régimen de Assad.
 
El otro punto caliente en la región es Irán donde la política de Trump de reforzar sus alianzas con Arabia Saudita e Israel contra el régimen de los ayatolas y degradar el acuerdo nuclear está exacerbando el conflicto intra islámico entre chiitas y sunitas, que se expresa en guerras civiles como las de Yemen y Siria. EEUU apuesta a un “cambio de régimen” generado por las propias contradicciones de la sociedad y el régimen iraní. Sin embargo, el proceso social en Irán es más profundo, como se vio en los sectores sociales involucrados, y difícilmente pueda ser reconducido a un tipo de “revolución colorida” como las que impulsó Estados Unidos en Ucrania y otros países.

 

La crisis del proyecto imperialista de la Unión Europea

La relación entre Estados Unidos y la Unión Europea está en su punto más bajo y es casi de ruptura con Alemania. Esta hostilidad manifiesta cohesiona al motor franco alemán y alienta la búsqueda de políticas independientes, como la propuesta de constitución de una fuerza de defensa europea. Pero también existen tendencias centrífugas de grupos de miembros de distinta jerarquía dentro de la UE donde los partidos nacionalistas de derecha están en el poder y se identifican claramente con el Brexit o el discurso nacionalista de Trump. Es el caso de Polonia, Hungría o República Checa. La tendencia contrarrestante fue la expresión por izquierda del proceso independentista catalán.
Lo más novedoso es que la crisis política llegó a Alemania, que fue el bastión de la estabilidad y conservadurismo y la potencia regente de la UE. La “era Merkel” está llegando a su fin. En las elecciones de septiembre los dos grandes partidos sufrieron una derrota y emergió Alternativa por Alemania, un partido de extrema derecha que por primera vez accedió al parlamento. Aunque Merkel logró formar un gobierno de coalición con el SPD, este es un gobierno débil surgido después de meses de negociaciones a un alto costo.

Agotamiento del populismo y derechas no hegemónicas en América Latina

En América Latina se agotó el ciclo de los gobiernos populistas. Hubo un recambio de gobiernos de derecha en la mayoría de los países, pero ésta es una derecha no asentada, que no tiene un proyecto hegemónico como fue el neoliberalismo de los ’90, y debe lidiar con una relación de fuerzas heredada de la situación anterior que no ha logrado revertir, lo que dificulta los ataques neoliberales y las reformas que son el núcleo de su programa económico que pasan pero a un elevado costo. Estas condiciones, junto a las malas perspectivas económicas, hacen difícil la estabilización de los gobiernos de derecha y abren la perspectiva de giros bruscos y cambios de situación política, como está sucediendo en Argentina a partir de las movilizaciones del 14 y 18 de diciembre contra la reforma jubilatoria.
La política de Trump es recuperar influencia y negocios en el antiguo patio trasero norteamericano, que ahora también disputa con China.
En Brasil la crisis política y la polarización se expresan de manera abierta y aún no hay un candidato potable de la burguesía para las próximas elecciones presidenciales. El golpe institucional contra Dilma hoy tiene su continuidad en la acción bonapartista del poder judicial y la operación Lava Jato, por la que Lula, que sería el candidato más votado si se presentara a elecciones, está condenado y podría ir a prisión. Aunque la situación puede dar un giro luego del asesinato de Marielle Franco, concejala del PSOL en Río de Janeiro del que el régimen golpista es responsable más allá de quiénes sean sus autores materiales (narcos o policías).
La crisis en Venezuela es la más aguda del continente. La derecha proimperialista intenta capitalizar aún sin éxito la decadencia del chavismo utilizando la doble presión de los gobiernos de derecha de la región y la injerencia de Estado Unidos y de la Unión Europea. El gobierno de Maduro ha perdido base popular y como todo gobierno bonapartista se apoya en las Fuerzas Armadas para mantenerse en el poder, aumentando el control social sobre los sectores populares y la represión para evitar un estallido similar al Caracazo motorizado por la catástrofe económica y social. Las Fuerzas Armadas han pasado a concentrar los resortes del poder transformándose en el árbitro de cualquier salida burguesa a la crisis. Mientras que las corrientes del populismo latinoamericano siguen absolviendo al chavismo de su responsabilidad en esta catástrofe nacional y justifican sus medidas represivas, incluso cuando se dirigen contra trabajadores y pobres hambrientos, sectores de la izquierda, como la UIT y la LIT, se oponen al bonapartismo de Maduro pero desde una posición democrática liberal, sin partir de la lucha contra el imperialismo y la derecha escuálida que son agentes directos de los empresarios y banqueros. La situación en Venezuela muestra la debacle del nacionalismo burgués. El régimen chavista mantuvo la estructura rentística del país, no cambió las relaciones sociales fundamentales, a pesar de haber llevado adelante nacionalizaciones de empresas (con indemnizaciones), ni tampoco terminó con la dependencia nacional con respecto al capital imperialista. Aún hoy, en medio de un desastre económico sin precedentes, el gobierno de Maduro sigue pagando la deuda externa y aplica medidas antipopulares, mientras la camarilla que detenta el poder del estado y la burguesía sigue beneficiándose. Nuestra corriente viene levantando la necesidad de una salida obrera independiente, contra el bonapartismo de Maduro y contra el imperialismo y sus agentes.
 

Lucha de clases y perspectivas políticas para la FT

En el último período se vienen desarrollando nuevas tendencias de la lucha de clases que pueden estar anunciando procesos más profundos de la clase trabajadora, influidos por la irrupción de grandes movimientos progresivos (aunque policlasistas) en particular el imponente movimiento de mujeres que se volvió a expresar el pasado 8 de marzo y nuevos fenómenos políticos en la juventud.
Lo más avanzado ha sido el proceso en Cataluña, a pesar del rol catastrófico de su dirección burguesa a la que se adaptaron las corrientes del independentismo radical pequeño burgués como la CUP. La Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado español, integrante de la FT-CI, intervino planteando claramente una posición revolucionaria, levantamos la perspectiva de una Cataluña obrera y socialista que sea un punto de apoyo para desarrollar la lucha anticapitalista y antimonárquica en el conjunto del Estado español.
En Argentina las jornadas del 14 y 18 de diciembre cambiaron la relación de fuerzas, y de hecho hicieron retroceder el plan de ataque más ambicioso que tenía el gobierno de Macri, que pretendía aprobar una reformar laboral que atacaba importantes conquistas del movimiento obrero. Esta situación política más general crea mejores condiciones para las luchas parciales contra despidos que se dan en sectores puntuales, tanto en el estado como en el sector privado, donde la estrategia del PTS es coordinar estas luchas y ligarlas a los movimientos masas progresivos como el movimiento de mujeres.
 
En Francia el gobierno de Macron ha lanzado un ataque contra los ferroviarios que pretende transformar en un conflicto testigo para pasar su agenda neoliberal. El “plan de guerra” es avanzar con la apertura de la competencia, liquidar conquistas y cerrar ramales no rentables. Los sindicatos ya preparan la resistencia que tiene el potencial para transformarse en un conflicto de gran magnitud. A otro nivel, la huelga de Onet protagonizada por sectores precarios de la clase obrera se ha transformado en un conflicto de gran visibilidad que terminó en una victoria, mostró cómo una política y una estrategia justas permiten la politización de los sectores más oprimidos de la clase obrera. El rol de la Courant Communiste Révolutionnaire (CCR) ha sido un factor importante en este resultado.
También fueron novedosas las huelgas de la IG Metall en Alemania, de las que participaron algunos cientos de miles de trabajadores, paralizando importantes automotrices. Estas huelgas le dieron visibilidad a la reducción de la jornada de trabajo, aunque en clave reformista. A pesar de la dirección burocrática que llevó a un resultado mixto, es probable que esta acción haya subido las aspiraciones del conjunto de la clase obrera que tiene un amplísimo sector precarizado sobre todo de jóvenes. Y en Estados Unidos, la huelga de los docentes de West Virginia desafió las leyes anti huelga en un estado donde ganó Trump nada menos que con el 68% de los votos.
El movimiento de mujeres sigue siendo el principal fenómenos de alcance internacional, en el que también confluye la juventud. Aunque tiene un carácter progresivo, tomado de conjunto es un movimiento policlasista, donde nuestra estrategia es intervenir para construir una fracción feminista socialista en lucha política e ideológica contra el feminismo liberal y el “feminismo radical”.
Las tendencias que desarrollamos en este documento de mayores tensiones económicas, polarización política y crisis de los partidos patronales plantean la perspectiva de situaciones cambiantes y giros bruscos, donde puedan emerger procesos más agudos de la lucha de clases, radicalización política y surgimiento de fenómenos políticos progresivos (tendencias “centristas” progresivas, etc.), sobre todo en los países donde se combinan el peso del movimiento obrero con tradiciones políticas de izquierda, como por ejemplo Argentina o Francia, que creen mejores condiciones para la construcción de partidos obreros revolucionarios.

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